La Antorcha Olímpica
La Antorcha Olímpica
Jhovanny Marte Rosario
5 de mayo, 2008
5: 15 p.m.
Dedicado a mi amada madre, Sofía Rosario
Aunque esa tarde harineaba menudamente, ya a ambos lados de la avenida se apreciaban dos hileras de personas que se extendían en el horizonte. Todos esperaban, ansiosos, la llegada de la famosa Antorcha Olímpica. Ciento de decenas de personas portaban cámaras digitales, unos para tomar fotos, otros para grabar la Llama Olímpica.
La multitud aparentaba estar muy entusiasmada con el singular evento, excepto una mujer, Juana Isabel, " La Primitiva, " como le apodó la gente por vivir en una especie de cueva no muy lejos de aquel lugar, por donde pasaría la atleta con la tradicional tea encendida. Sin embargo, Juana Isabel no moraba en aquella caverna porque fuera una loca de la calle, sino porque la pobreza la había empujado a alojarse en ese lugar, tal y como se contaba de Diógenes el Cínico en Grecia, aunque este hombre lo hiciera por una radical filosofía de simplificar la vida a su mínima expresión con el ejemplo.
Como casi todo el pueblo miraba a esta mujer como a una crápula social y nunca como un ser humano con derecho a ocupar un espacio en el Universo con dignidad, Juana Isabel se fue refugiando cada vez más en su propio modus vivendi. Sin embargo, su actitud recia y firme nunca la dejaron caer en la mendicidad, por lo que para ganarse el pan: de día limpiaba cristales de vehículos en los semáforos, y de noche se entregaba a la prostitución; aunque esto último pensaba dejarlo en cualquier momento.
Cuando las personas avistaron a la atleta acercarse con la Llama Eterna empezaron a ovacionarla llenas de júbilo, al tanto que los flashes de las cámaras se sucedían como relámpagos en el cielo. En lo alto de la tarima principal, saludaban contentos: el presidente de la nación, la primera dama, el gobernador y un grupo diverso de funcionarios, entre ellos, el secretario de deportes. Esa tarde apostaron policías antimotines y varios agentes secretos en lugares estratégicos, como si se tratase de las pomposas celebraciones que suelen hacerse por motivo de la independencia nacional de una nación.
Para sorpresa de la masa, y pasmo del mundo, cuando la atleta estuvo bien cerca de Juana Isabel, ésta se le vino encima y le arrebató el hacho olímpico, acto seguido emprendió la huida. Se escabulló entre los matorrales y fue saltando obstáculos de manera admirable. De inmediato, una avalancha bravucona de agentes policiales y una legión de personas indignadas corrieron tras la mujer, como si se tratase de un fugitivo extremamente peligroso.
–¡Atrapen a la ladrona! –vociferó, furioso, un oficial de la uniformada.
En la desordenada carrera, unos se fueron de bruces entre las breñas, otros dejaban de correr, exhaustos, mientas que La Primitiva, conocedora del terreno, iba esquivando todo. Uno de los policías hizo un disparo al aire para tratar de atemorizarla, pero no funcionó, la mujer aceleraba más y más rápido como alma que lleva el diablo. Algunas personas, ya enojadas con la situación, empezaron a arrojarle todo lo que llevaban: botellas de soda, cámaras, relojes, cepillos de pelos, hasta zapatos, pero nada parecía detenerla, lo único que dejaba a su paso era el humillo y olor a azufre y cal de la candela. Tan pronto Juana Isabel llegó a la boca de la cueva, se metió en ella y la tapó con algunas ramas. Pero pronto fue retirada por dos policías. En un par de minutos, la cueva ya estaba llena de gente.
–¡Arriba las manos, señora! –ordenó un oficial, apuntándole con una pistola.
–¡No me mate, policía por amor a la Virgencita de la Altagracia! Yo sólo quiero hacerle un té a mi hijo que tiene calentura –explicó ella, a la vez que señalaba hacia un montón de sacos de pita cerca de unas rocas.
Todos volvieron la mirada al lugar que ella señalaba y ahí, vieron, atónitos unos y confundidos otros, a un niño de algunos dos años, tiritando de frío, lívido y asustado.
Entonces una voz murmuró de entre la muchedumbre:
–Esta mujer es la más digna atleta de la abnegación.



