DESEO DE MUERTE
Deseo de muerte
Jhovanny Marte Rosario
8 de diciembre de 2007
12:05 a.m.
-No vale la pena seguir llevando esta vida de ratas. Deseo morir -dijo Agustín. Cabizbajo, al tanto que el brillo de las lágrimas se le fue asomando en los ojillos.
Acto seguido, se trepó al framboyán y amarró fuertemente una soga en una rama rústica que sobresalía del árbol como un brazo extendido. Hecho esto, se apeó, relamió su alrededor con la mirada como si buscara a alguien. Como a nadie avistó, dejó escapar un suspiro de hastío y se encaramó en una barrica, justo debajo de su medio de suicidio. Se puso la soga al cuello y casi cuando iba a apartar la barrica con los pies, vio que se acercaba un hombre vestido de frac negro, quien además empuñaba una cinta de medir. Agustín ora tensó la cuerda, ora la blandió y al no recibir la reacción esperada del circundante, vociferó con cierto aspaviento:
-¡Me voy a quitar la vida! ¡A nadie que me detenga!
Sin embargo, el hombre aquel tan solo siguió su camino como si la cosa no fuera con él. Lacerado por el desdén, reanudó la parafernalia de su locura, y ya a un tris de consumar el fatídico hecho, otro hombre de aspecto harapiento pasó por el lugar. Agustín pues, acudió una vez más a la búsqueda de empatía, no obstante, este último ni siquiera volvió la mirada, más bien apretó el paso.
Pinchado en lo más profundo por tamaña inconsciencia humana, Agustín sacó el cuello de la soga, bajó de su gólgota y persiguió, indignado, al segundo hombre. Cuando le dio alcance, éste se encontraba charlando sosegadamente con el del frac. Agustín se paró delante de ambos con las dos manos puestas en la cintura, arrojó un escupitajo al suelo y espetó:
-¡Pero qué almas tan frías tienen ustedes dos, mal nacidos!
-¿A qué se refiere, señor mío? -Indagó el del frac, parco, mientras manoseaba la cinta de medir.
-¿Y todavía lo pregunta, socarrón? ¿Acaso no se percataron ustedes de que estaba al punto de arrancarme la vida y ninguno hizo nada para evitarlo? ¿De qué diablos están hechos sus corazones? ¿De piedra? ¿De hielo? ¿De mierda? -Profirió Agustín, sulfurado.
- Señor mío, le ofrezco disculpas por mi cuota de insensibilidad, pero la neta, la neta es que yo tengo una familia que mantener y mi oficio es el de fabricar y vender féretros. Y pues, como usted entenderá, si la gente no muere, mi familia muere -explicó el del frac, ruborizado.
- Yo por mi parte, mi señor... -dijo el otro un tanto contrito -yo no tengo familia, pero yo soy sepulturero. Es decir que si yo no entierro, me entierran a mí.
Después de Agustín escuchar y reflexionar la razón de ambos hombres entorno a su displicencia, se retiró, enmudecido, a concluir, sin dar marcha atrás, lo que había empezado...



