El discurso de elogio
El discurso de elogio
Jhovanny Marte Rosario
22 de mayo, 2008
3:31 p.m.
Esta vez, la agenda de recorrido por las provincias del país, publicitada como Cara a Cara con el Pueblo, llevó al presidente a tener un encuentro con la gente de Juancho, Pedernales, en la que el gobernante pretendía, entre otros asuntos, inaugurar una escuela y afianzar su reelección para las próximas e inminentes elecciones presidenciales.
La tarima de donde se externarían los rutinarios ensalzamientos a la figura del presidente, fue montada en el mismo plantel escolar. Como medida de seguridad fueron apostados varios soldados en las inmediaciones del lugar y decenas de agentes policiales, quienes bregaban por bloquear a la multitud con un cerco semicircular. Dos helicópteros de las Fuerzas Áreas sobrevolaban el lugar en un radio de aproximadamente medio kilómetro.
Diferentes personas de la concurrencia levantaban todo tipo de carteles que expresaban desde: "4 años más, Señor Presidente." Hasta: "¡Que dios y Nuestra Señora de la Altagracia lo sigan iluminando, Señor Presidente!" Algunos dirigentes comunitarios no desaprovechaban la oportunidad para requerir una que otra peticiones tales como: "Señor, Presidente necesitamos un acueducto con urgencia:" O "Por favor, Señor Presidente, asfalte nuestras calles." En ese clima de halagos y tímidas reivindicaciones sociales fue que hizo acto de presencia el gobernante con la acostumbrada caravana de flamantes vehículos, los que al pasar, levantaban una asfixiante polvareda. Entre tos, ovaciones y aplausos, el pueblo recibió a su Excelencia. El mandatario salió de la yipeta y saludó a la gente de manera efusiva, recrudeciéndose la alharaca al instante. Por su parte, algunos agentes secretos, con el acostumbrado recelo, custodiaban más de cerca la persona del gobernante.
Una vez en los asientos de la tarima, empezaron a sucederse ante el micrófono la usual sarta de personajes a enaltecer los logros alcanzados por la actual gestión de gobierno. Entre los funcionarios que disertaron estuvieron: el Secretario de Obras Públicas, la Secretaria de Educación, el Gobernador de la provincia y el Síndico del ayuntamiento. Luego de exponer estas figuras públicas, les tocó el turno a dos personajes populares de la zona: a un obrero que trabaja en una mina de bauxita, a quien por ser un hombre más entendido con el pico y la pala, se le dificultó la lectura de lo que debía decir, por lo que fue inevitable escuchar algunas eses en donde no iban y una r en donde debió pronunciarse una l. el otro turno le correspondió a Juan Marte, el Comunista, como le solían decir en los Doce Años de Balaguer. "Ojalá que ese no la vaya a cagar." Se escuchó opinar una voz de la muchedumbre.
Esa tarde, Juan Marte fue vestido de protocolo, aunque era notorio que el traje que llevaba puesto era prestado ya que la talla le quedaba grande. Para indignación de algunas autoridades locales, Juan Marte no sacó del bolsillo las palabras de agradecimientos que le dieron a leer como era de esperarse. Hubo un cuchicheo entre los funcionarios, que pronto fue monitoreado por los agentes de seguridad quienes se comunicaron a través de sus pequeños auriculares que llevan colgados de las orejas. "Si cruza la raya de Pizarro, tienen luz verde, señores." Fue la orden escueta del jefe de la escolta presidencial. Juan Marte, con la mirada serena puesta en el horizonte, se colocó un puño en la cintura y levantó el índice derecho y dijo con arrojo:
-Me disculpo, Señor, Presidente, por no poder leer lo que me dieron, pero se me olvidó cómo se lee. No obstante, en nombre de mi sufrida comunidad estoy en la obligación moral de ser portavoz del sentir de mis compueblanos, de esos que quisieran expresarse, pero cuyo miedo interior no se lo permiten. "Si tienes hambre y no tienes con qué comprar víveres, vende todo lo que tengas para comer: tu caballo, tus aperos de labranzas, tu silla... menos tu dignidad y la verdad." Decía Pepe, mi papá, que Dios lo tenga en Su santo seno.
Los presentes, perplejos, se volvían los rostros, no así el mandatario, quien lucía muy templado en su sitio. El singular evento era cubierto por varias cámaras de los distintos canales que allí fueron a hacer la cobertura del evento. "Esta será la noticia más caliente de la semana." Profirió uno de los periodistas, entusiasmado. Un policía bravucón se acercó a Juan Marte para ordenarle que dejara aquel bochornoso espectáculo, pero el presidente le hizo una seña de que lo dejara hablar. Estaba en campaña.
"Señor, Presidente, dispense la pregunta, pero ¿A caso, conoce usted lo que es vivir en la Cueva de Mongó o tal vez en un bohío de tejemaní como muchos de nosotros lo hemos hecho? ¿Sabe usted, Señor, Presidente lo que es matarse el hambre de un día con una toronja como es el caso de muchos de los aquí presente? Sé que lo sabe, pero dudo que usted lo quiera entender, porque el corazón de la auyama sólo lo siente el cuchillo. Su Excelencia, la suerte de esta provincia y la del país mismo, desde la muerte del cacique Bohechío hasta la fecha, ha sido más salada que las aguas de la Laguna Oviedo, y más arrastrada que la situación paupérrima que se padece en Anse-à-Pitre. Somos de esta media isla tan mal gobernada por ustedes, la provincia menos poblada y en donde pareciera que la miseria de muchos lugares de África se fuera a incubar aquí. Ustedes sólo ciernan sus viles intereses en lugares como Bahía de Las Águilas con el fin de explotar sus riquezas naturales a expensas del deterioro del ecosistema. Tenemos un patrimonio mundial llamado el Parque Nacional de Jaragua, que a ustedes sólo les interesan para pavonearse de ello como patrimonio mundial. Contésteme, Señor Presidente, ¿Dígame usted, de qué le sirve a un pobre tener bandera nacional si sus bolsillos están más vacíos que la conciencia de los capitalistas? ¿Cómo puede un hombre hambriento entonar las gloriosas letras de un himno nacional si la miseria lo consume de a poco? En resumidas cuentas, por todo el abandono que se palpa en cada rincón de esta provincia y por toda la desdicha a la que ustedes han sumido mi pueblo, permítame expresarle, Señor Presidente, con todo el respeto que debo dispensarle a su alta investidura de jefe de estado, que es usted, mi señor, un hijo de la gran puta. Una maldita rata de alcantarilla.
Cuando Vale Juan concluyó su desahogo, trató de sacar del bolsillo del frac la cuartilla que debió leer, pero el improperio sumado a este último gesto de hurgar en su ropa, fue malinterpretado por uno de los agentes secretos del lugar, quien de repente sacó una pistola calibre 45, enhestó el brazo por encima de la gente y sin pensarlo dos veces, apretó el gatillo. El estruendo del disparó dispersó a la concurrencia al punto, despavorida. El presidente fue protegido por tres agentes de la escolta. La confusión y el terror se apoderaron de aquel lugar en segundos.
La zona quedó sitiada por decenas de policías y soldados. La prensa, acordonada por militares, filmaba cada paso que se daba. Juan Marte se había desplomado en el suelo, abatido por una bala en el pecho, en la mano derecha empuñaba, entintado, el discurso de elogio. Un raso se acercó al cuerpo moribundo de Juan Marte, lo revisó con el fin de encontrar alguna arma de fuego, no halló nada, sólo sangre. Juan Marte sacó fuerza de donde no había y balbuceó: "No me hablen de patria... donde sólo hay miseria para la mayoría y riqueza para un grupito." Luego de tan hondas palabras Juan Marte no murió, fue llevado al hospital más cercano, curado después, fue enviado a la carcel de Najayo.



