GLORIOSA MUERTE
Gloriosa muerte
Jhovanny Marte Rosario
19 de agosto de 2005
10:36 a.m.
"La lujuria no duerme. No me importa soy insomne."
Cuando irrumpieron en la iglesia, ya el sacristán dormía. Era una noche serena, la luna rutilaba en el firmamento, sólo el ladrido lejano de un perro corrompía la mudez nocturna de aquella atmósfera. Una vez adentro de la sacristía, dieron un fugaz vistazo al entorno y sin mediar palabras, él empezó a recoger todo tipo de utensilios litúrgicos, mientras ella sostenía, abierta, la ancha talega donde zambullían el botín.
–Tengo miedo, Giovanni –murmuró ella, volviendo la mirada de izquierda a derecha con marcado reconcomio, mientras él saltaba, en el intento por alcanzar un ovillo de crucifijos colgados de un gancho de acero incrustado en la pared junto al hábito del sacerdote.
–Silencio o despertarás al fariseo, Clara –comentó él con chanza, al mirarla de soslayo por encima del hombro izquierdo.
Ella concentró sus pupilas a una cruz del Redentor que colgaba en la pared y tuvo por un instante la ligera sensación como si el Cordero de Dios la observaba pertinazmente. Atemorizada, se acercó, con talega al hombro, a una estatuilla de la Virgen María, la que yacía muda sobre una rinconera, con sus marmóreas manos en actitud de oración, cabizbaja, con su clemente faz. La miró de reojo y por un momento sintió que la Inmaculada oraba por sus pecados, entonces al embargarla un fuerte sentimiento de contrición, se abstrajo por un instante ante la vileza del latrocinio. Fue pues, cuando él se acercó a ella, le acarició el hombro y díjole con voz suave:
–No te apenes amor, que Dios no vive aquí, sino en el Cielo, Su verdadera Iglesia es el corazón del hombre, no estas piedras y baratijas –ella se persignó y no musitó palabras, atemorizada.
Un haz de de luz, el cual se filtraba por una rendija del tablado carcomido, fue a dar en los ojos de ella y fue ahí cuando él pudo apreciar en ellos el fulgor metálico mezclado de espanto y lujuria. Quizás Como una ofrenda paraisiaca enhorabuena.
–Clara, creo que ya tenemos bastante con esto, vayámonos –propuso él, levantando la talega a la altura de su tórax, con la misma actitud de un pirata que enseña el botín birlado en alta mar. Ella dio una última ojeada al entorno del sagrado lugar y al sentir la aparente quietud de éste, resolló profusamente como un gesto de alivio.
Abandonaron el lugar, medio agazapados y cuando ya franqueaban el altar, al pasar por la mesa donde se consagra el Cuerpo de Cristo, él la tomó de la mano y se detuvo con malevolencia, la miró con ojos lascivos, pero ella intuyendo el varonil deseo, comentó con voz tierna:
–No, Giovanni, aquí no mi vida. Es un pecado.
Él se aproximó a ella, acarició su larga cabellera, y le susurró al oído:
–Ni Dios ni Satanás desperdiciarían esta oportunidad si estuvieran en mi lugar. Dicho esto, la besó en el cuello con arrebato y tras el beso electrizante se fue evaporando en ella, la actitud timorata. La talega cayó al piso y tras ella, sus ropas. Entonces fusionaron sus cuerpos como cal y arena y, ya enredados como hiedras, rodaron por todo el santo piso, socavando sus cuerpos, viendo abrirse a la vez, sobre ellos y debajo de ellos: Cielo e Infierno.
Y se amaron sobre la mesa, en el reclinatorio, en los bancos, en el confesionario y mientras sus almas se perdían en su irreverente concupiscencia, sus cuerpos destilaban gotas gruesas de sudor. Y cuando aquel volcán orgásmico hizo erupción sincronizadamente, el fragor de una pistola enmudeció los gemidos del placer para trocarlos en alaridos de dolor. Una sola bala atravesó los pechos de los amantes. Dejándolos… bañados en un charco de sangre. Cuando ambos, quejumbrosos, fueron entornando los ojos y sus espíritus abandonaban ligeramente los cuerpos, él sacó una fuerza descomunal de su interior y viéndola con ojos enamorados le dijo:
– Mujer, gloriosa muerte esta, bendita seas… mujer.
A ella no le quedó más fuerza que para esbozar una leve sonrisa a flor de labios, entonces posó la mano derecha sobre la izquierda de él. Y consumado todo, ambos… expiraron.
–Malditos herejes, esta es la Casa del Señor, no un burdel –condenó el guardián de la iglesia, aún con pistola en mano.
Dicho esto, se persignó.Mientras dos luciérnagas surcaban el espacio hasta escaparse por una rendija del techo. A los lejos, el aullido lánguido de un perro sellaba, agridulcemente, el rito de aquella noche.




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