El mendigo de la iglesia
El mendigo de la iglesia
Jhovanny Marte Rosario
(El Quisqueyano)
19 de agosto del 2006 (9:29 p.m.)
“Quien no vive para servir, no sirve para vivir”
Juan Bosch
Llevaba horas arrojado al pie de la escalinata de la iglesia, limosneando. Su estómago estaba tan vacío como el fondo de su raído sombrero, con el que suplicaba una caridad a los que por allí pasaban. Tenía la piel enjuta y la barba crecida e hirsuta. Su perro estaba tan demacrado como él. Del cuello del menesteroso colgaba un letrero que decía: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” No solía reír, pero tampoco llorar. La vida le había enseñado ambas cosas.
–Una limosnita, por favor, señorita –dijo con palabras entrecortadas, en tanto que el fulgor del hambre fue asomándose en sus vidriosos ojillos. Ella, como ofendida, se detuvo en seco, le echó una mirada fulminante por encima del hombro derecho y reprochó con severidad:
–Si a Dios le importa un bledo tu miserable existencia, ¿Por qué ha de importarme a mí? Además, ¿Por qué debería yo de servirte?
El mendigo bajó el rostro con aparente desaliento y se echó sobre sus cartones, en donde se arrulló quietamente, asió su grueso palo, el que usaba como bastón y lo apretujó contra su pecho. El perro se recostó junto al amo, con las dos patas delanteras apoyadas debajo de la cabeza, mirándolo como quien desea compenetrarse en la honda pena ajena. Ella por su parte siguió su camino con un aplastante aire de: “Puse en su lugar a ese vago inservible.”
Una noche de plenilunio en la que caía una fina llovizna, aquel andrajoso ser franqueaba una callejuela de aquella gran ciudad cibaeña, destapando todos los botes de basura que hallaba a su paso, con la esperanza de encontrar algo de comer. De repente, vio en el fondo de ella una escena de violencia a contraluz. Una mujer suplicaba por su vida, mientras se arrastraba sobre el pavimento, tratando de huir de quien la acosaba muy de cerca con navaja en mano. El mendigo se aproximó con cautela por la retaguardia, empuñando su grueso palo, el perro por su parte lo seguía medio agazapado. Y sin que aquel hombre lo notara si quiera, diole tal porrazo en la cabeza que lo dejó inconsciente en el suelo, bocabajo, con ambos brazos abiertos de par en par.
–¡Tú? –profirió ella al recordarlo con nitidez.
–Que Dios la guarde de todo mal, señorita –expresó la ambulante alma con voz serena.
–Pero…pero ¿Por qué me ayudaste? –masculló ella, ruborizada.
–Sirvo para servir, señorita –concluyó y se marchó con pasos lentos, junto a su perro, bajo el gran disco plateado de la luna.



