La mujer en el piso
La mujer en el piso
Jhovanny Marte Rosario
23 de marzo, 2008
9: 14 p.m.
Entró despacio para no despertar a su compañero de fechorías, de repente, y sin poder ver nada en la oscuridad, dio un traspié que lo hizo irse de bruces.
–¡Carajo! Le he dicho a Pancho que no deje porquería en el medio –rezongó Agustín, enojado.
Acto seguido, se incorporó y fue a tientas tras el interruptor de la luz. La encendió, pero cuando descubrió con qué había tropezado, reculó, asustado. Era el cuerpo de una mujer, arrojado en el piso en forma aparatosa e inverosímil.
–¡Mierda! ¿Pancho? –balbuceó Agustín, con el velo del terror dibujado en el rostro.
Sin perder tiempo, Agustín fue a la habitación de Pancho, tocó la puerta con desesperación, mientras le daba voces, pero como Pancho no contestaba, Agustín la abrió y entró. Dio más voces, no obstante, el compañero de robo no estaba.
Agustín, sin saber qué hacer, volvió a la cocina, se acercó con vacilación al cuerpo, le colocó dos dedos en el cuello en busca de algún signo de vida, sin embargo, no sintió pulso alguno. Al suponerla muerta, se echó hacia atrás con los ojos desencajados.
–¿Será posible, Pancho que tú…? –Se interrogó, con ambas manos puestas en la cabeza.
Miró de izquierda a derecha, tal vez en busca de alguna pista que lo orientara en torno a la verdad de lo que ocurría en ese momento.
–Caray, Pancho, siempre te lo decía, robemos, pero no matemos a nadie – musitó Agustín, al tanto que volvía la mirada al cuerpo de vez en vez, con la esperanza de que al menos se moviera, pero no, ella estaba tan tiesa como un tronco caído.
–Si llamo a la policía no me creerán ni una palabra de lo que diga, además todavía no sé si fue Pancho que la mató. Tampoco puedo dejar ese cadáver aquí adentro porque puede llegar alguien y descubrir todo –pensó esta vez, con las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones.
–¡Ya sé! La enterraré en el patio de atrás. Nadie se enterará del crimen. Nadie vive cerca. Sí, eso es, la enterraré –se dijo, decidido.
Y así lo hizo. Buscó una pala y un pico, los colocó sobre el estómago de la mujer y la arrastró sin mucha dificultad. Cavó un hoyo lo más rápido que pudo y la enterró. Luego apisonó la tierra y le pasó una rama varias veces sobre la superficie revuelta con el fin de no dejar un montículo que lo delatara al punto. Consumado todo, tomó el pico y la pala y se volvió a la casa, nervioso todavía.
–Cielos, esa sí que era una bella mujer. De seguro que Pancho se la gozó antes de… –dijo Agustín con el semblante de la mujer grabado en la memoria.
Perturbado aún por lo ocurrido, se sentó en un mueble a esperar al compañero para que le diera cuenta de lo que para él era un asesinato. Pasó un buen rato dándole vuelta al singular caso en busca de alguna explicación lógica que lo llevara a descifrar los motivos de Pancho a perpetrar el aparente homicidio, pero nada le llegaba a la mente, sólo que ella era amante de Pancho y que en una discusión, éste arremetió contra ella. Otro detalle que tenía intrigado a Agustín era que no había visto sangre por ningún lado. Bueno, hastiado de esperar y dominado por el sueño, Agustín se fue a acostar. Una vez en su dormitorio, se despojó de toda la ropa, entonces al punto de dejarse caer en la cama, advirtió en un papel sobre la almohada, lo tomó (era una carta), la destapó y, ansioso, leyó:
Hola, Agustín,
¿Recuerdas que te dije que tenía una hermana que sufría de catalepsia? Pues bien, vino a quedarse con nosotros durante una semana. Por favor, cuídala bien hasta que yo llegue, no se ha sentido muy bien en estos días. Tuve que salir a comprarles algunos fármacos, o bueno mejor dicho, a tratar de robármelos. Nos vemos al rato.
tu compañero de lucha,
Pancho.
Posdata: Mi hermana te vio en una foto y le caíste súper. Te cuento luego.



