Ese día te despiertas lleno del espíritu diabólico de la carne llamado libido. La mañana está fresca. Los pajaritos recrean el alma con sus canturreos melodiosos. Y tú, tú te levantas con la intumescencia del miembro ensanchando la tela fina de la pijama como velamen henchido de viento. Te despereza con brazos y bocas abiertos ampliamente. Saltas de la cama con agilidad. Te despojas del arrugado ropaje de dormir para que tu amiguito de mil batallas pueda empinarse con gran ampulosidad a campo abierto. Te rascas la enmarañada melena y te pones frente al espejo, y adoptas la clásica y atlética postura de una estatua griega y con una sonrisa a flor de labios contemplas tu falo, erecto, y te sientes feliz de tu virilidad. Y, ja… como un acto de condescendencia, guiñas los ojos y subes el pulgar como símbolo de victoria y dices, ufano: “¡Buen día, Campión!”
Y como estás de cumpleaños –el número 28-, deseas premiarlo con algo significativo y digno de la ocasión. Es ahí, pues que clavas la mirada al lecho conyugal en donde yace, dormida aún, tu mujer. Ella, quien a pesar de estar desgreñada y con el mal olor mañanero, tú sencillamente la consideras como una bella durmiente: grácil y jugosa. Y como bala impelida te arrojas a la cama, te zambulles debajo de las sábanas e inicias el ritual de apareamiento. Tocas, susurras palabritas de amor, cortejas, sin embargo, sólo recibes a cambio una sarta de gruñidos e improperios. “No te preocupes, Campión que lo tuyo viene en camino.” Piensas para tus adentros. Y continúas con el asedio erótico: tú acaricias, ella refunfuñe, tú ruegas con arrumacos y ella llanamente te repite que no, que la dejes en paz. “Amor, por favor, déjame amarte un poco.” Le imploras en un acto casi de humillación suicida, pero un “No” estridente e incisivo se escucha salir de la boca de tu mujer, quien, desnuda, se tira de la cama, enojada. “Caray, Laura es que ya no me amas como antes. Además hoy es un día especial para mí ¿Lo olvidas?” Insinúas de rodillas en la cama, pensando que tal vez con expresar lo del cumpleaños vas a sensibilizar el corazón de ella, sin embargo, como una bocanada de fuego sale directamente del diafragma de ella una frase que te mutila la ilusión: “Tengo la menstruación.” Y tú como detestas la sangre, desistes, alicaído, de tu propósito voluptuoso y con él, el vigor de Campión se va en picada como un castillo de naipes, y Campión queda tan fláccido como un globo desinflado.
Te resientes con ella, con la vida y con el Creador de la misma. Te vas al baño, con el entrecejo fruncido y ya debajo de la ducha, piensas: “¿Me masturbo?” Ases a Campión con cierta lástima para manipularlo pero la voz de la conciencia interviene y te dice: “Santo Dios, Sinforoso ¿Qué pretendes hacer? Tú y Campión merecen algo más digno de la ocasión.” En consecuencia obedeces a la voz y lo sueltas. Abres el grifo de la ducha y un chorro de agua fría cae como avalancha en tu cuerpo, Campión lo siente en lleno y se encoge como un niño tímido arrojado en un rincón.
Terminas el aseo corporal, te secas, empolvas a Campión, te vistes y sales de tu casa sin siquiera despedirte de la culpable de tu frustración, tu mujer. No obstante, y a pesar de tus esfuerzos mentales por controlar las ansias locas de Campión, él te hostiga a cada trazo de la calle como niño caprichoso que jala de la blusa de su madre para que le compre una paleta de fresa con coco. Las entrepiernas se te calientan como la caldera encendida de un tren que marcha a todo vapor. Y cada fémina que pasa por tu lado excita más la hoguera del furor en ti. Pasas por el frente de la lujosa mansión de Doña Bernardina, la viuda cincuentona quien da la vida por poseerte y allá está ella, acodada en la ventana de su habitación, en espera de que pases para guiñarte los ojos y decirte lo de siempre: “iuju, hola Bombo, ¡Qué lindo luces hoy!” Te ve, tú volteas la mirada en dirección contraria y en un santiamén ella te sale al paso y te detiene de un brazo y te dice: “Tengo uvas frescas en la nevera que quiero compartir contigo, Bombo. Ven, entremos a mi casa que estoy sola.” Campión se te revoltea y quiere salir de su caverna como Lázaro resucitado, pero antes de que tu vayas a proferir alguna palabra de debilidad, la voz de tu interior se alambica y te recuerda: “¡Carajo, Sinforoso es tu cumpleaños no lo vayas a arruinar con esa doña regordeta. Tú y Campión merecen lo mejor de este mundo. Olvida ese saco de arrugas y busca algo que valga la pena.” Te contienes haciendo grandes sacrificios y después de agradecerle el gesto, sigues tu rumbo, al tanto que tu mirada avivada, recoge todas las imágenes eróticas de chicas que aparecen por doquier como publicidad de algún producto.
Llegas a Sexie-Diva, la tienda de ropas interiores para la que trabajas y el panorama de lencería y los carteles de modelos en tangas y sostenes súper sexy, te enajenan los sentidos. Campión vuelve a alborotarse. Y tu forzada continencia bulle como chorro de agua caliente de un geiser. Empiezas a ver a tus compañeras de trabajo como odaliscas de un harén y tú a considerarte como el sultán de ellas. Las saludas con aire donjuanesco con la esperanza de que tal vez una de ellas corresponda a tus requiebros, pero nada acaece. Y desde atrás de las góndolas pletóricas de bikinis y corsetería de variados colores, las espías de soslayo con gran discreción. Campión por su parte sigue inquieto, mientras empuja las braguetas de tus pantalones insistentemente. Tú te ocultas detrás de un mostrador para que la erección ya irreverente no te vaya a denunciar de un modo bochornoso. Pasas un rato en la misma pugna intestina entre la avispada libido y lo conveniente moralmente para la ocasión. Sentado en un taburete y con los pies puestos sobre los travesaños de hierro del asiento, juntas las piernas, al tanto que tus compañeros de trabajo te rodean para entregarte, entre el habitual ¡Cumpleaños feliz, Sinforoso!, un regalo, el que destapas, ansioso y luego de desenvolver un manojo de papeles crepes, surge del fondo una flamante revista porno de Play Boy, acompañada de una muñeca inflable con vagina de silicona. Sonríes forzadamente. Agradeces el presente, metes todo en la caja otra vez, sonríes con hipocresía, te pones de pie, para guardarlo en un pequeño armario, pero Campión te hace pasar la madre de las vergüenzas. Todos se ríen a mandíbula batiente, tú te resientes con Campión, pero pronto el enojo se te va, porque al fin y al cabo es más lo que él suma a tu felicidad que lo que le resta.
Terminas tus faenas en la noche, llamas a tu mujer para comunicarle que llegarás un poco tarde a la casa porque dizque al jefe se le ocurre convocar una reunión fuera de agenda. Te diriges rumbo a un prostíbulo que queda a unas escasas cuadras de donde trabajas a complacer a Campión. Llegas y una de las prostitutas se te pega como sanguijuela antes de que entres al antro, te lleva a una habitación de mala muerte, al tanto que Campión revive dando cabriolas como cabra montaraz. Sin embargo, la voz de la conciencia cala de nuevo en tu mente y te reprocha: “¡Pero bueno Sinforoso! ¡Te estás poniendo loco! Ya sé que quieres acción, pero por favor, Sinforoso ¿Con una perra que puede llegar a pegarte una maldita enfermedad venérea? ¡No! ¡Es una locura! ¡No lo hagas!” Para entonces ya ella está desnuda en la cama. Todo te huele a dulce pecado. “¡Bah, Carajo, al diablo con la moral! ¡Al diablo con el matrimonio!” Dices, y te desabotonas la camisa, te metes las manos en los bolsillos de los pantalones y descubres, pasmado, que no tienes ni un centavo para pagar el servicio amoroso. Un velo de angustia y de vergüenza se encarama en tu rostro. Empiezas a abotonarte la camisa para irte, pero ella, conocedora de estos casos ignominiosos y de desesperación se compadece de tu situación porque, en el fondo, le gustas mucho. Entonces te jala a la cama. Campión ruge como león por la dicha inmensa y el virtual placer que sentirá en breve. En un santiamén ambos quedan en trajes de Adán y Eva. Llueven las caricias, los besos y los mordiscos, y todas las estrellas del universo parecen rutilar en ese solo lugar de volcánica sensualidad. Y cuando ya la cueva oscura está lista para albergar el lobo malo, surge de los labios de la meretriz la pregunta de rigor: “¿Tienes condón, amor?” Tú, tragas en seco y empiezas a hurgar en los bolsillos de los pantalones, en los de la camisa, en los zapatos, en tu billetera, en los calcetines, en la cartera de ella, debajo de la cama, entre el colchón, en todo lugar, pero no encuentras nada, más que un par de cucarachas pasar corriendo entre la hendidura que se forma en la unión de la pared y el piso. “Sin condón no hay sexo.” Advierte ella con firmeza, al tanto que se tapa la desnudez con la sábana. Entonces te dan ganas de llorar, pero no lo haces porque eres un hombre, y te le lanzas como kamikaze a súplicas puras para que te complazca de cualquier manera, pero ella lo objeta con la faz arisca. Le pides que te espere un momento y sales a la calle como todo un Cid Campeador en búsqueda del condón, pero como no tienes ni en que caerte muerto, acabas por hacer un trueque con un proxeneta, das tus zapatos y tu reloj de pulsera a cambio de un condón. Regresas a la habitación, te cansas de tocar la puerta, pero nadie contesta. Ella no está. Y te quieres morir y, pateas y destrozas el preservativo y te marchas con el brillo de las lágrimas asomado en tus ojos.
Llegas a tu casa, cabizbajo. Entras a tu habitación sin importarte ya lo que tu mujer vaya a decir. ¡Total, ella es la responsable de tus infortunios! Alguien enciende la luz. Es ella misma, quien a pesar de la larga espera te dice, sonriente: “Feliz cumpleaños mi vida. Lo de la menstruación es mentira para poder entregarme a ti por completa en esta noche.” Tú esbozas una sonrisita ladeada en tu boca. La miras de arriba abajo con cierta ojeriza y le respondes. “Laura… son casi las tres de la madrugada. Ya no es mi cumpleaños.” Sin embargo, ella sabe que tú lo que estás es enfadado y quiere resarcir el daño, entonces te despoja de la ropa, te besa, te acaricia, te arroja en la cama y se te sube a horcajadas, pero ¿Sabes qué? Con todo el jaleo y las vicisitudes anteriores el que está hastiado de toda esa mierda es ahora Campión que simplemente no te funciona. Es decir que se acaba la fiesta y cada quien a dormir…