Una luz cegadora
Jhovanny Marte Rosario
(El Quisqueyano)
15 de mayo del 2006 (10:30 a.m. )
“La televisión ha acabado con el cine, el teatro, las tertulias y la lectura.
Ahora tantos canales terminarán con la unidad familiar.”
Antonio Mingote
Hacía casi dos horas que la luz se había ido en el barrio. Hemeregildo, pues, harto de esperarla, buscó su Biblia y empezó a leer a la luz tenue y amarillenta de una lámpara de gas querosén. Se sentó medio arrellanado en una mecedora, la que a cada mecida, chirriaba como la polea de pozo. Por otra parte, Ana, su joven esposa, se encontraba tumbada en una mecedora contigua al asiento de él, frente al televisor. Desde su silencio, Ana examinaba cada signo de movimiento que daba una salamandra que había visto en el techo, algo así como, paralizada, con medio cuerpo oculto en la oscuridad y la otra mitad expuesta en el círculo tembloroso de la luz de la lámpara que se había formado arriba.
Sólo una mesita berrenda y rectangular los separaba a ellos. Sobre la que había: un recipiente policromo con flores artificiales, un jarrito de aluminio con café, una caja de fósforos adosada a una vela y un control remoto con botones resquebrajados.
Eran casi las ocho de la noche. Afuera, caía una llovizna fina, de esas que provocan sueño. Ambos estaban ansiosos de que llegara la luz; ya que en esa misma noche presentarían, simultáneamente, el capítulo final de la telenovela favorita que ella veía todas las noches de lunes a viernes y lo que él había esperado con tanta ansia durante todo el año: el último juego de béisbol de la temporada de la Serie Mundial entre los Yanquis de Nueva York y los Medias Rojas de Boston.
Hemeregildo y Ana llevaban casi un año de casados, y aproximadamente un mes y algo que se habían bautizado en una iglesia evangélica del barrio donde vivían. El motivo de la súbita conversión religiosa de la pareja, fueron sus frecuentes peleas verbales en el hogar, las que amenazaban con hacer colapsar su relación matrimonial. Cuando no era un pique que ella hacía porque Hemeregildo ensuciaba mucho el uniforme de él trabajar, era porque ella dejaba rastrojos de comida incrustados en los filos de los carderos. De los dos, Hemeregildo era quien, en apariencia, mostraba más interés por la lectura de la Biblia, ya que la afición de ella se inclinaba más a hojear revistas de moda y maquillaje, cuando no, a escuchar bachata o perico ripiao en la radio.
Había trascurrido casi media hora. Afuera, se escuchaba el juego de béisbol en una radio de pilas y a unos hombres discutir, a ratos, de ésta o aquélla jugada. Ella, para entonces se cabeceaba, aburrida, en su asiento.
Él, se encontraba algo inspirado en la lectura de un paisaje en el evangelio de San Juan, exactamente en el capítulo ocho, versículo doce, el que dice: “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
No muy bien había concluido de leer el párrafo completo cuando de repente llegó la luz. Una luz cegadora, la que hizo que tanto los ojos de él como los de Ana parpadearan varias veces, hasta que sus pupilas se fueron acostumbrando a la fuerte irradiación de luz que despedía el bombillo de la sala. En la calle, se escuchaba los aplausos y la algarabía de chicos y adultos.
Cuando las pupilas se repusieron al fugaz cegamiento, cada uno recordó al punto, su programa televisivo favorito, entonces se miraron al mismo tiempo con cierta intriga y malicia, y como algo que sale de la nada los dos se arrojaron al control remoto con ímpetu, cual tigre hambriento que se abalanza a su presa distraída. Y cuando agarraron, al mismo tiempo, los extremos del control remoto, empezaron a forcejeárselo y a empujarse con violencia en el intento por quedarse con el preciado aparatito, para así poder manipular el televisor a su antojo. Y como una constante histórica, la fuerza bruta del macho se impuso por encima de la débil de la hembra. Hemeregildo, pues, levantó el brazo derecho con soberbia, con el control remoto empuñado (como lo haría un atleta con su trofeo), luego rió con cierta burla y dijo:
—¡Eha, a ver pelota! Pero al decirlo, hubo un segundo apagón que los dejó en la penumbra.
Entonces, desde la oscuridad una voz se dejó oír:
— ¡Qué vaina! ¡Maldita luz!
Mientras afuera se escuchaba otra proferir:
–¡Coño, maldito gobierno!