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Hipocresía, eterna hipocresía

lunes, 19 de marzo del 2007 a las 18:32
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¡Hipocresía, eterna hipocresía!

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

16 de marzo del 2007 (11:06 AM)  

 

Todo hombre es sincero a solas, en cuanto aparece una segunda persona empieza la hipocresía.

(Ralph Waldo Emerson) 

 

 

¿Qué nuestra separación ya ni te duele?

¡Lo sé! así es un querer cuando se muere.

¡Hipocresía, eterna hipocresía!  

 

 

¿Qué en tu ajedrez sólo soy un simple peón?

No es raro cuando se acaba la ilusión.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué nunca has pensado en dar vuelta atrás?

Es lo mejor, para estar los dos en paz.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué jamás en la vida debimos ser pareja?

Eso dice uno cuando la pasión se aleja.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué para detenerte fui muy cobarde?

No lo dudo, pero para pensarlo ya es muy tarde.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué hoy eres feliz sin mí a tu lado?

Tal vez, pero ya todo está consumado.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué soy en tu vida un cero a la izquierda?

Es normal que en el olvido todo sepa a mierda.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué te vas a casar muy pronto con él?

Felicidades, ojalá y te salga fiel.

¡Hipocresía, eterna hipocresía! 

 

 

¿Qué en verdad valió la pena el decirnos adiós?

No lo sé, mujer, eso… pregúntaselo a Dios.

¡Hipocresía, eterna hipocresía!   

 

Dejadme, que ando to´depechao

domingo, 04 de febrero del 2007
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¡Dejadme, que ando to’ depechao!

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

4 de febrero del 2007 (9:00 a.m.)   

 

                                                  Eli, Eli, lamma sabacthani?

                                                                 Jesús de Nazaret

 

 

Dejadme, compadre, la botella entera beber,

que ando to’ depechao por una desalmada mujer.

Dejadme contemplar, lloroso, este cuadro roto,

de aquel amor turbulento y loco.

¡Dejadme, que ando to’ depechao! 

 

Dejadme, oh mundo, que camine despacio y cabizbajo,

por la hembra que a mi alma, pesar trajo.

Dejadme solo, arrastrar mi dolor y melancolía,

que Dios mediante, la herida cicatrizará algún día.

¡Dejadme, que ando to’ depechao! 

 

Dejadme, camaradas, ahogar mi tiempo en esta nostálgica canción,

aunque convulsione de pena, mi resquebrajado corazón.

Dejadme rabiar en cualquier rincón oscuro/mi resentimiento,

que me causó ella al jugar con mi frágil sentimiento.

¡Dejadme, que ando to’ depechao! 

 

Dejadme, cazador, escuchar el canturreo del lindo pajarito,

Pa’ que consuele mi existencia aunque sea un ratito.

No,  no atraviese su corazón con el artero proyectil,

cual hizo conmigo, sin compasión, esa mujer vil.

¡Dejadme, que ando to’ depechao!  

 

Dejadme, ay que llegue, Virgencita de la Altagracia,

ante la presencia del mismo Dios con esta flébil desgracia.

 Pa’ repetirle las atormentadas palabras del Hijo crucificado,

“Padre, Padre, ¿Por qué me has abandonado?”

¡Dejadme, que ando to’ depechao!    

 

Más de lo mismo

viernes, 15 de diciembre del 2006
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 Más de lo mismo

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

9 de noviembre del 2005 (2:18pm)  

 

 "Las piedras no pueden caer del cielo,

porque en el cielo no hay piedras".

Georges Cuvier 

Cuando Caronte nos observaba portear las aguas de la Estigia en aquella barca desvencijada, mi compañero de mazmorra y yo cuidábamos de no tocarlas para recordarlo todo. Al trasponer el gran arco de entrada, leímos una berrenda inscripción que rezaba: “Bienvenido al Reino de las Tinieblas.” Como veníamos de un lugar en donde se vivía la mayor parte del tiempo a oscuras nada de pavor nos embargó, simplemente nos miramos sin inmutarnos un ápice. Entonces al evocar momentos amargos de la vida pasada, se nos fue dibujando una leve sonrisa de picardía la que, inútilmente, bregábamos por disimular ante la presencia del harapiento remero, quien se agarraba fuertemente, como asustado, del raído y maloliente velamen de la barca.  

En nuestro avance, Infierno adentro, advertimos una hilera de recámaras a ambos lados de la lóbrega caverna en donde apostaban a la vista, todo tipo de suplicios. Criaturas desnudas y de aspectos grotescos nos lanzaban zarpazos con sus garras retorcidas. Piras con flameantes llamas salían de todas partes como tentáculos arrugados de pulpos las que casi tocaban las ennegrecidas tablas de la barca. Vimos perros de 7 cabezas, una serpiente ensangrentada arrastrándose con una manzana en la boca, gatos negros maullando estridentemente. La hediondez que exhalaba el lugar nos recordaba aquellos tiempos sombríos donde debíamos compartir el mendrugo con la fetidez de las heces en la cárcel aquella rodada de agua. 

Al final de la gruta reparamos en otro epígrafe que decía: “Bienvenidos, prepárense a sufrir.” Nueva vez mi compañero y yo nos miramos, sosteniendo la misma risita sardónica.    Ambos nos tapamos las bocas con las manos, y… sin poder aguantar más…, soltamos una risotada a mandíbula batiente que hizo encrespar la corriente del agua.  Entonces, escuché que mi compañero comentó desternillado de risa: “Más de lo mismo, quisqueyano.”  Caronte nos espiaba por encima del hombro, con la aprensión (suponía) de si al final del viaje le pagaríamos el óbolo o no. Efectivamente así fue: no le pagamos. 

Nos apeamos, sujetándonos las panzas, muertos de risa, mientras el roñoso aciano nos desmadejaba a remazos. Como la lluvia de los porrazos parecía no parar, agarramos puñados de la blanda y putrefacta tierra (que más bien nos pareció estiércol de vaca) y se las arrojamos al encorvado capitán quien no le quedó más remedio que emprender la huida, vociferando todo tipo de improperios.

 Cuando chocábamos las manos en son de victoria, con ligeros gajos de risa bosquejados en los labios sentimos algo caliente punzar nuestros costados, nos tornamos y vimos, impávidos, una figura horrorosa con chifles y rabo gangrenoso, empuñando un tridente quien al clavar su mirada torva en ambos, amenazó: “Prepárense a sufrir, criaturas repugnantes.” Mi compañero y yo nos volvimos la mirada de nuevo y percibí en el brillo de sus ojillos lo mismo que había en los míos…, entonces ambos, al unísono, soltamos las carcajadas más sarcásticas que jamás demonio alguno había escuchado en su necrófila existencia. Nos arrojamos al suelo, pataleando y braceando sobre el húmedo lodo. Enrojecidos de la risotada, mientras el Rey de las Tinieblas nos observaba, abstraído y boquiabierto, al tanto que mi compañero me repetía hasta el hartazgo: “Más de lo mismo, Quisqueyano. Más de lo mismo…” 

La mariposa negra

miércoles, 13 de diciembre del 2006
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 La mariposa negra

 Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

30 de Noviembre del 2005 (10: 30 pm)  

 

El día que las mariposas dejen de cernerse en el cielo,

seremos testigos del retorno de las bombas radioactivas. 

 

 

 

¡Fue injusta su muerte! Llegó desde lejos, cansada. Había volado mucho. Buscaba un lugar cálido en donde reposar sus alas. ¡Pobrecita! al divisar la casa de los Alvarez, no dudo en entrar por la hendija de la ventana. Pero para su desgracia Rufino, quien a la sazón husmeaba a través de la ventana contigua, reparó en su llegada y abandonó su brechar para hostigarla, pero con cierto temor. Desde que la vio, la detestó. Quizás, porque desde pequeño le enseñaron a detestar las mariposas negras y grandes. “Traen mala suerte.” Escuchaba decir.  

En el rancho, sentada en la silla de guano, estaba doña Bernarda, angustiada. Con los brazos cruzados por encima de sus senos y, con ambos pies encaramados en el travesaño de la silla. Sus ojos… llorosos, delataban el presentimiento que todos tenían. Volvía la mirada de izquierda a derecha, con la esperanza de –al menos– verlo llegar por el boquete de entrada de mayas que daba al caminejo del potrero. Pero nada, sólo se apreciaba la oscuridad, confabulada con el silbido del viento entre el platanal.   

No resistió más, levantóse y  caminó de un lado a otro con marcado nerviosismo. Se detuvo un instante, aguzó la mirada hacia el potrero, mas sólo alcanzó a ver las dos vacas enflaquecidas de Rufino (despiertas aún); inquietas, como si estuvieran en vigilia junto a los demás. Doña Bernarda sólo pensaba en la suerte del otro –en la de Andrés–: el borrachón. En la de Andrés el bravucón o “ei amemao” como, paradójicamente, un día lo catalogó su mujer, en el lecho. Las chicharras entristecían la atmósfera con su canto chillón. Todo en aquel hogar hedía a muerte. La noche avanzaba… lentamente.    

 Allá, en el carcomido seto de tabla de palmas, la sombra de Rufino se retorcía al compás de la sinuosa flama de la lamparita “jumiadora”. Mientras la mariposa agitaba sus alas, rebotando de un lado a otro, en apariencia, desorientada.    

 “Ere j’un pájaro malo” increpó Rufino con aparente odio y acto seguido, dobló su pierna izquierda con cautela para alcanzar una de sus chancletas, sin quitarle la mirada a su “enemiga,” la cual voló hasta el umbral de la puerta donde se aposentó por un instante. De ahí, levantó vuelo y se posó en uno de los maderos verticales del seto, cerca del retrato de Andrés; donde permaneció tranquila, ausente del inminente porrazo. Rufino, quien no le perdía ni pie ni pisada a la mariposa, aprovechó para acercársele de a poco, con el brazo levantado, al tanto que mojaba su labio inferior una y otra vez, ansioso. Se aproximó, tenso, medio agazapado conteniendo el aliento… 

Fue el “Gambao”, el primo de Andrés quien lo trajo. Desde que su tía Bernarda se lo dijo, éste aparejó la burra y salió al trote tras el despechado primo, para así tratar de evitar lo que todos sospechaban que podía ocurrir. “Tráemelo vivo.” Le encomendó doña Bernarda, mientras se santiguaba ante su altar, grávido de santos. “A ese cagueta lo mato yo hoy, carajo. Le vua  enseñai que a mi se me repeta” Fueron las últimas palabras de Andrés antes de llegar a su destino final.    

 Fue un pleito desigual. Un machete no fue suficiente para derribar a uno de los hombres de la Guardia de Mon; no, no lo fue para ajustar cuentas con el hombre que le quitó su mujer. Porque Andrés, regresó al rancho, pero en el lomo de la burra, atravesado, con manos y pies colgados al suelo. Chorreaba aún, sangre. “Lo mató a quemarropa tía, lo mató tía.” Se lamentaba el sobrino, dolido, con los ojos azorados, mientras limpiaba con su camisa, las manos ensangrentadas.  

Cuando Rufino escuchó el lamento de la madre, no dudo en ajusticiar la mariposa de “mal agüero.” Dio un olímpico salto y la apachurró de un golpe macizo, dejando en la tabla, una mancha amarillenta esparcida. “¿Pa´qué trajite  la muite? ¡ pa´qué, caray?” reclamó, cabizbajo. Consumado todo,  corrió a consolar a la madre…por la muerte de Andrés, su hermano.

 

¿Qué haremos cuando...?

miércoles, 29 de noviembre del 2006
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¿Qué haremos mujer…?

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

20 de noviembre del 2004 (7:52 p.m.) 

frases

" El dolor de tu desamor

tortura la paz de mi alma."

 

 

 Mujer, ¿Qué haremos cuando llegue el hastío,

y vaya muriendo el amor de frío,

y nos sorprenda la indiferencia en el lecho,

y ya no se infle por la caricia, el pecho?

¿Qué haremos mujer? 

 

¿Qué le diremos al corazón,

cuando se entere que agoniza nuestra ilusión?

¿Qué haremos cuando del beso se apague su furor

y de todo el frenesí sólo quede un rumor?

¿Qué haremos mujer?

 

 ¿Qué haremos cuando  descolore el sentimiento;

y todo se torne aburrimiento?

¿Qué pasará con nuestros tórridos besos;

cuando se cierren los labios y mueran sus cerezos?

¿Qué haremos mujer?  

 

¿Qué haremos cuando toque a la puerta el cansancio;

y deje en el alma /un sabor rancio?

¿Qué hará la playa sin sus vaivenes? 

¿Y qué haremos nosotros  con los desdenes?

¿Qué haremos mujer?  

 

¿Qué haremos juntos, pero sin amor?

¿Qué haremos con aqueste postrer dolor?

¿Qué haremos con este cáliz fúnebre;

y esta vida sin lumbre?

¿Qué haremos mujer?  

 

¿Qué haremos, amor mío con el frenesí extinto;

y con el amargo vino tinto?

¿Qué le diremos a los vástagos amados;

cuando sepan, mujer /que ya no nos amamos?   

  ¿Qué haremos mujer? ¿Qué haremos? 

La gran elegida

lunes, 27 de noviembre del 2006
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  La gran elegida

 Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

9 noviembrede 2004 (7:40am)

Para ti... 

 

 

 

¡Qué cuando empecé a amarte, Mujer!

¡No sé! Tal vez, no tuvo principio este querer.

¡Qué por qué eres tú la gran elegida?

Porque cuando el amor es como el tuyo/ verdadero,

Le hacen nacer alas a mi corazón entero. 

No. Mi alma/ no eligió a una simple mujer,

En la que sólo se busca el mero placer.

Eligió a una poco amada /con el alma de niña,

Una que sueña con algo sincero /desde su mustia viña. 

 

Una, mitad ensueño, mitad gloria,

La que espera del amor /su victoria.

Una que sufre en silencio el desamor,

En los brazos de un hombre sin sabor. 

Aquélla que perdió la cuenta de los días vacíos,

La que contempla sus deseos /en las corrientes de los ríos.

Esa que llora en silencio el hastío sobre su cama,

La misma que abraza a un hombre que no ama.

 

 La que no renuncia a ser algún día/ amada,

Esa que arrastra su matrimonio cual cruz pesada.

La que fue perdiendo con el tiempo, la ilusión,

La  que se entrega a su marido sin emoción.

 Aquella que fue mar y hoy sólo es /simple ola,

La que lamenta en silencio/ el no estar sola.

La que me tiene el alma perdida,

Ella, esa misma es / la gran elegida.

 

Que...

miércoles, 22 de noviembre del 2006
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Que…

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

21 de mayo del 2004 (11:00 p. m.)  

 

"El pesimista es un optimista con experiencia."

 

 

 

 

 

Ojalá y el otro supuesto mundo,

No sea como éste ¡tan nauseabundo!

Que reine el  amor y la felicidad;

Que no sea un mundo de perversidad. 

Que se acabe la absurda guerra;

Que la vida no sea tan perra.

Que la gente no muera de hambre,

Que no exista la burla ni el calambre. 

Que no obren el delito ni la muerte;

Que la verdad no sea materia inerte.

Que los niños no sean maltratados;

Que los ancianos no sean olvidados. 

Que no perezcan los ríos,

Que no falte el abrigo para el frío.

Que no exista más el malvado Lucifer,

Que Dios decida dejarse ver... 

Que nos devuelvan el perdido Edén;

Que no acabe con las casitas el comején.

Que no haya serpiente traicionera;

Que no nazca la gente hipócrita y embustera. 

Que no exista el pedigüeño,

Que se haga realidad el dulce sueño.

Que la vida no sea tan fugaz;

Que se practique el respeto y la paz. 

Que no sea traicionero el beso;

Que nadie ame por el peso.

Que no muera la divina poesía.

Que me dejen degustar esta fantasía.

 

Un luz cegadora

miércoles, 15 de noviembre del 2006
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Una luz cegadora

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

15 de mayo del 2006 (10:30 a.m. ) 

 

“La televisión ha acabado con el cine, el teatro, las tertulias y la lectura.

Ahora tantos canales terminarán con la unidad familiar.”

Antonio Mingote

 

 

 

 

Hacía casi dos horas que la luz se había ido en el barrio. Hemeregildo, pues, harto de esperarla, buscó su Biblia y empezó a leer a la luz tenue y amarillenta de una lámpara de gas querosén. Se sentó medio arrellanado en una mecedora, la que a cada mecida, chirriaba como la polea de pozo. Por otra parte, Ana, su joven esposa, se encontraba tumbada en una mecedora contigua al asiento de él, frente al televisor. Desde su silencio, Ana examinaba cada signo de movimiento que daba una salamandra que había visto en el techo, algo así como, paralizada, con medio cuerpo oculto en la oscuridad y la otra mitad expuesta en el círculo tembloroso de la luz de la lámpara que se había formado arriba.  

Sólo una mesita berrenda y rectangular los separaba a ellos. Sobre la que había: un recipiente policromo con flores artificiales, un jarrito de aluminio con café, una caja de fósforos adosada a una vela y un control remoto con botones resquebrajados. 

Eran casi las ocho de la noche. Afuera, caía una llovizna fina, de esas que provocan sueño. Ambos estaban ansiosos de que llegara la luz; ya que en esa misma noche presentarían, simultáneamente, el capítulo final de la telenovela favorita que ella veía todas las noches de lunes a viernes y lo que él había esperado con tanta ansia durante todo el año: el último juego de béisbol de la temporada de la Serie Mundial entre los Yanquis de Nueva York y los Medias Rojas de Boston. 

Hemeregildo y Ana llevaban casi un año de casados, y aproximadamente un mes y algo que se habían bautizado en una iglesia evangélica del barrio donde vivían. El motivo de la súbita conversión religiosa de la pareja, fueron sus frecuentes peleas verbales en el hogar, las que amenazaban con hacer colapsar su relación matrimonial. Cuando no era un pique que ella hacía porque Hemeregildo ensuciaba mucho el  uniforme de él trabajar, era porque ella dejaba rastrojos de comida incrustados en los filos de los carderos. De los dos, Hemeregildo era quien, en apariencia, mostraba más interés por la lectura de la Biblia, ya que la afición de ella se inclinaba más a hojear revistas de moda y maquillaje, cuando no, a escuchar bachata o perico ripiao en la radio. 

Había trascurrido casi media hora. Afuera, se escuchaba el juego de béisbol en una radio de pilas y a unos hombres discutir, a ratos, de ésta o aquélla jugada. Ella, para entonces se cabeceaba, aburrida, en su asiento. 

 Él, se encontraba algo inspirado en la lectura de un paisaje en el evangelio de San Juan, exactamente en el capítulo ocho, versículo doce, el que dice: “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.  

No muy bien había concluido de leer el párrafo completo cuando de repente llegó la luz. Una luz cegadora, la que hizo que tanto los ojos de él como los de Ana parpadearan varias veces, hasta que sus pupilas se fueron acostumbrando a la fuerte irradiación de luz que despedía el bombillo de la sala. En la calle, se escuchaba los aplausos y la algarabía de chicos y adultos. 

Cuando las pupilas se repusieron al fugaz cegamiento, cada uno recordó al punto, su programa televisivo favorito, entonces se miraron al mismo tiempo con cierta intriga y malicia, y como algo que sale de la nada los dos se arrojaron al control remoto con ímpetu, cual tigre hambriento que se abalanza a su presa distraída. Y cuando agarraron, al mismo tiempo, los extremos del control remoto, empezaron a forcejeárselo y a empujarse con violencia en el intento por quedarse con el preciado aparatito, para así poder manipular el televisor a su antojo. Y como una constante histórica, la fuerza bruta del macho se impuso por encima de la débil de la hembra. Hemeregildo, pues, levantó el brazo derecho con soberbia, con el control remoto empuñado (como lo haría un atleta con su trofeo), luego rió con cierta burla y dijo:  

—¡Eha, a ver pelota! Pero al decirlo, hubo un segundo apagón que los dejó en la penumbra.

Entonces, desde la oscuridad una voz se dejó oír: 

   ¡Qué vaina! ¡Maldita luz! 

Mientras afuera se escuchaba otra proferir: ­

–¡Coño, maldito gobierno!

Sobre el blog

Literaturaquisqueyana

Literaturaquisqueyana es un espacio creado para compartir Literatura con aquellas personas que realmente se identifican con la magia de la palabra.

La palabra libera, la palabra nos conduce a un éxtasis de satisfacción personal, la palabra nos brinda catarsis, la palabra nos envuelve en un paroxismo vivificador, la palabra nos transporta a dimensiones etéreas, la palabra enamora el corazón. La palabra mal usada puede que mate, pero es nuestra decisión de que ocurra lo lóbrego, porque el control de las emociones que causa la palabra es nuestro.Así como la palabra puede fusilar sentimientos, también puede que dé vida, vida en abundancia.

Aquí podrás acceder a la palabra que mitiga ¿Qué? !No sé! Lo que tú permitas. Aquí la palabra logrará que surja algo de ti ¿Qué? Ya lo dije una vez !No sé! Es una experiencia personal, una mística entre tú y la palabra.

La meta de esta página es y será uno solo: empapar el alma de literatura pura y desinteresada. La Humanidad se ha encargado de ponerle un precio a la palabra ajena. !Han hecho de ella un mercado ignominioso! Pero como paga han recibido un numen anquilosado; por eso a la mía nadie le pondrá un precio porque no está en venta. Así de simple para que nazca espontánea y pura.

Que tu estancia en este lar sea de tu agrado.

Un cálido abrazo,

el autor,


Jhovanny Marte Rosario


Santiago, República Dominicana.


jhovannymarte@yahoo.com

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