El dilema
Jhovanny Marte Rosario
(El Quisqueyano)
13 de agosto del 2006 (6:51p. m.)
Cuando la situación es adversa y la esperanza poca, las determinaciones drásticas son las más seguras.
Llevaba un buen rato espiando a su esposa con unos binoculares desde la azotea. Ella solía visitar a su prima casi todas las tardes, quien moraba a una cuadra de su casa. Como había transcurrido alrededor de una hora y nada extraño había ocurrido, Eugenio examinó el perímetro del sector a ojos vistas.
Entonces reparó en algo inusual. Vio al señor Zhi Rui, su vecino de al lado, apuntando hacia arriba con un fusil de mira telescópica. El señor Zhi Rui, nacido en España, pero de nacionalidad argentina, fue un líder de veteranos de guerra en las islas Malvinas, quien desde su jubilación por el Ejército Argentino, decidió establecer una armería de su propiedad en Utracán, La Pampa.
Eugenio, curioso, enfocó hacia el lugar donde aquél se disponía a disparar y vio encima de un poste de tendido eléctrico a Dovie, la paloma blanca de la hija del ex combatiente, la que se hurgaba debajo el ala izquierda con el pico. Cuando Eugenio volvió la mirada al compaisano, ya éste estaba de pie, con una leve sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. Entonces enfocó de nuevo al lugar donde descansaba el ave, pero ya ésta no estaba allí. Entonces, presintiendo lo peor, echó un vistazo hacia abajo, y allá estaba, sobre el yerbajo, de costado, estremeciendo las patas, con los ojos entornados, sencillamente agonizante.
Perturbado por la inmisericorde acción contra el animal, se apeó de aquel lugar y olvidando lo de su cónyuge, fue donde él estaba, aclaró la voz y dijo, indignado:
–¡Asesino! ¡Usted es un asesino, vulgar! Lo creía un hombre más racional y sensible.
–¿Qué le pasa amigo Eugenio? ¿Por qué me habla en ese tono tan agrio?
–¿Y todavía tiene usted el descaro de preguntar? ¡Acaba de matar a un animalito indefenso! Era una criatura bella…
–Sí, usted tiene toda la razón. Era bella, pero era un problema, amigo Eugenio, ¿Entiende?
–¡No, no entiendo nada, señor Zhi Rui! El ave tenía derecho a la vida. Y usted se la segó de un balazo. ¿Acaso se cree usted el Creador que da y quita el hálito a sus criaturas?
–Mire, Eugenio. Sé que la paloma era bella y graciosa a la vez, merced a su níveo y algodonado aspecto. De hecho fueron por esos atributos que mi hija se encariñó de ella. Pero la paloma tenía un defecto inexcusable: arrojaba estiércol por todo lado y a cada momento. Defecaba en las losas de baldosa, en las flores del jardín, en los muebles de la casa, en la cama… su último envío lo dejó caer en mi cuello.
–Eso es un problema, señor Zhi Rui, pero ¿Por qué no se la regaló a alguien, en vez de asesinarla?
–Lo hice, pero regresó. Y esta vez, siguió descargando su inmundicia sobre todo lo que encontraba a su paso, como un acto de venganza.
–Era una bella paloma, señor Zhi Rui. Fue brutal lo que le hizo.
–Mire, Eugenio. Algo que es bello podría convertirse en un problema, pero un problema nunca podrá ser bello. Un problema será siempre una mortificación para el alma entera. ¿Entiende ahora? –Su razonamiento tiene lógica, pero aun así, no debió matarla.
–La vida, amigo Eugenio, es un acto de decisiones. El hombre que tiembla ante un dilema por mucho tiempo nunca resolverá sus problemas y para empeorar su corta existencia, sumará sufrimiento a su frágil espíritu.
–Tiene razón en lo que dice, pero no debió matarla. Era bella –finiquitó Eugenio, y se retiró. Más o menos, un mes después, Eugenio volvió al hogar del señor Zhi Rui, tocó la puerta y expresó desde el umbral:
–Mi señor, vine a despedirme de usted y a darle las gracias.
–¿Las gracias por qué, amigo Eugenio?
–Bueno, mi señor, como podrá notar, éstas son mis maletas. Decidí abandonar a mi mujer para siempre.
–Pero ¿Por qué, Eugenio, ella es joven y bella? Además ustedes se veían muy felices juntos.
–Tiene usted toda la razón, mi señor, ella es bella, pero también es un problema. Es liviana con el sexo opuesto, descuidada con el hogar y muy dada al libertinaje y, aunque en la cama me sabe satisfacer, ella mi señor, no deja de ser un problema en mi vida. Y como usted bien dijo: “La vida es un acto de decisiones.” Así que, gracias por compartir su sabiduría conmigo, mi señor.
Concluido el diálogo, ambos se estrecharon las manos y se despidieron con un gesto del deber cumplido en la mirada…