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Un triunfador

lunes, 13 de noviembre del 2006
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Un triunfador

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

24 de agosto del 2006 (12: 09 a .m.)   

 Dedicada a aquellos espermatozoides que como yo,

llegamos primero a la meta.

I

Entre millones de arteros rivales,

debatiéndose la existencia en tortuosos canales,

estuviste tú, riñendo con gran brío,

hasta ganarles a todos, el desafío. 

II 

Recibiste: bofetadas a granel y salvajes empujones,

pero no desmayaste ante tan adversas situaciones.

No te rendiste, a pesar de las constantes embestidas

que pretendían hacerte perder en unas de las caídas. 

III 

¡Sí! Fue una feroz y espantosa competencia,

en la que usaste tu mejor arma: la consistencia.

Porque nunca miraste hacia atrás,

para no convertirte del montón: uno más. 

IV 

No, no hubo obstáculos que no pudieras saltar,

ni barrera alguna que no lograras despedazar.

Y como nunca cediste ante la seducción de la siesta,

no dejaste que otro se te adelantara a la meta. 

Fue tu negativa a seguir siendo un ovoide,

la que hizo que dejaras de ser un espermatozoide.

Y es por ello que hoy proclamo con ardor,

!que tú naciste para ser… para ser un triunfador!

El dilema

domingo, 05 de noviembre del 2006
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El dilema

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

13 de agosto del 2006 (6:51p. m.) 

                                                                                                                                

 Cuando la situación es adversa y  la esperanza poca,                                                                                                                                 las determinaciones drásticas son las más seguras.

 

Llevaba un buen rato espiando a su esposa con unos binoculares desde la azotea. Ella solía visitar a su prima casi todas las tardes, quien moraba a una cuadra de su casa. Como había transcurrido alrededor de una hora y nada extraño había ocurrido, Eugenio examinó el perímetro del sector a ojos vistas.  

Entonces reparó en algo inusual. Vio al señor Zhi Rui, su vecino de al lado, apuntando hacia arriba con un fusil de mira telescópica. El señor Zhi Rui, nacido en España, pero de nacionalidad argentina, fue un líder de veteranos de guerra en las islas Malvinas, quien desde su jubilación por el Ejército Argentino, decidió establecer una armería de su propiedad en Utracán, La Pampa. 

 Eugenio, curioso, enfocó hacia el lugar donde aquél se disponía a disparar y vio encima de un poste de tendido eléctrico a Dovie, la paloma blanca de la hija del ex combatiente, la que se hurgaba debajo el ala izquierda con el pico. Cuando Eugenio volvió la mirada al compaisano, ya éste estaba de pie, con una leve sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. Entonces enfocó de nuevo al lugar donde descansaba el ave, pero ya ésta no estaba allí. Entonces, presintiendo lo peor, echó un vistazo hacia abajo, y allá estaba, sobre el yerbajo, de costado, estremeciendo las patas, con los ojos entornados, sencillamente agonizante.    

Perturbado por la inmisericorde acción contra el animal, se apeó de aquel lugar y olvidando lo de su cónyuge, fue donde él estaba, aclaró la voz y dijo, indignado: 

–¡Asesino! ¡Usted es un asesino, vulgar! Lo creía un hombre más racional y sensible. 

–¿Qué le pasa amigo Eugenio? ¿Por qué me habla en ese tono tan agrio? 

–¿Y todavía tiene usted el descaro de preguntar? ¡Acaba de matar a un animalito indefenso! Era una criatura bella… 

–Sí, usted tiene toda la razón. Era bella, pero era un problema, amigo Eugenio, ¿Entiende?  

–¡No, no entiendo nada, señor Zhi Rui! El ave tenía derecho a la vida. Y usted se la segó de un balazo. ¿Acaso se cree usted el Creador que da y quita el hálito a sus criaturas?  

–Mire, Eugenio. Sé que la paloma era bella y graciosa a la vez, merced a su níveo y algodonado aspecto. De hecho fueron por esos atributos que mi hija se encariñó de ella. Pero la paloma tenía un defecto inexcusable: arrojaba estiércol por todo lado y a cada momento. Defecaba en las losas de baldosa, en las flores del jardín, en los muebles de la casa, en la cama… su último envío lo dejó caer en mi cuello. 

–Eso es un problema, señor Zhi Rui, pero ¿Por qué no se la regaló a alguien, en vez de asesinarla? 

–Lo hice, pero regresó. Y esta vez, siguió descargando su inmundicia sobre todo lo que encontraba a su paso, como un acto de venganza. 

–Era una bella paloma, señor Zhi Rui. Fue brutal lo que le hizo.  

–Mire, Eugenio. Algo que es bello podría convertirse en un problema, pero un problema nunca podrá ser bello. Un problema será siempre una mortificación para el alma entera. ¿Entiende ahora? –Su razonamiento tiene lógica, pero aun así, no debió matarla. 

–La vida, amigo Eugenio, es un acto de decisiones. El hombre que tiembla ante un dilema por mucho tiempo nunca resolverá sus problemas y para empeorar su corta existencia, sumará sufrimiento a su frágil espíritu. 

–Tiene razón en lo que dice, pero no debió matarla. Era bella –finiquitó Eugenio, y se retiró.  Más o menos, un mes después, Eugenio volvió al hogar del señor Zhi Rui, tocó la puerta y expresó desde el umbral: 

–Mi señor, vine a despedirme de usted y a darle las gracias. 

–¿Las gracias por qué, amigo Eugenio? 

Bueno, mi señor, como podrá notar, éstas son mis maletas. Decidí abandonar a mi mujer para siempre. 

–Pero ¿Por qué, Eugenio, ella es joven y bella? Además ustedes se veían muy felices juntos.  

–Tiene usted toda la razón, mi señor, ella es bella, pero también es un problema. Es liviana con el sexo opuesto, descuidada con el hogar y muy dada al libertinaje y, aunque en la cama me sabe satisfacer, ella mi señor, no deja de ser un problema en mi vida. Y como usted bien dijo: “La vida es un acto de decisiones.” Así que, gracias por compartir su sabiduría conmigo, mi señor.   

 Concluido el diálogo, ambos se estrecharon las manos y se despidieron con un gesto del deber cumplido en la mirada…

Ante el Tribunal Celestial

sábado, 04 de noviembre del 2006 a las 17:22
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                Ante el Tribunal Celestial              

      Jhovanny Marte Rosario    

       (El Quisqueyano)    

        Un día cualquiera del 2004  

 

 

 

Cuando esté ante el Tribunal Celestial;

con la frente bien en alto

clamaré con asalto;

que fui en la vida, mundanal. 

 

Que fui una más quien se quedó en la ventana, acodado,

en espera del Nazareno en su caballo alado.

Que fui frenético de palabras herejes;

que me gustó el vino y por qué no, las mujeres.

 

 Le pediré al mismo Dios/ extendiendo mi mano;

no me juzgue señor/ que sólo soy un ser humano.

Con defectos y virtudes/ con un sueño distinto;

con sentimiento mezclado de instinto... 

 

¡Y cómo no vivir con frenesí, con rebeldía?

si Lucifer me dejó una vida vacía;

y muchas veces aclamaba a la muerte;

en este mundo plagado de alma indolente... 

 

Si hasta el Cristo te pedió que pasara aquella “Copa amarga,”

porque la perversidad aquí es como el mar de llagas.

Por ello me quedó la incertidumbre,

de si hubiese en el Cielo esperanza, un poco de lumbre. 

 

Y hoy, me encuentro frente a frente/ a Ti,

para expresarte lo que en vida, sentí.

En Tu Creación de seres tan locos y perversos;

como este panfleto /de profanos versos...

Relato de una venganza

martes, 31 de octubre del 2006 a las 16:32
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Relato de una venganza

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

29 de octubre del 2006 (10:40 a.m.)  

Si me engañas una vez, tuya es la culpa; 

si me engañas dos, es mía.Anaxágoras

 

 

 

no la compres justino que el niño pone mucha mano y un día la puede encontrar y pasar una desgracia me repetía ella con más pavor que incertidumbre hay muchos ladrones por aquí rosa y si aquí se nos mete uno cómo carajo uno se va a defender le explicaba mirándola a los ojos con la suspicacia clavada en el alma por aquel refrán que dice cuando el río suena es porque piedras trae poco tiempo después esa duda fue confirmada cuando una tarde en la que se suponía yo debía estar trabajando llegué a la casa y ella no estaba sin embargo había dejado a su muchacho jugando en casa de gertrudis la vecina de al lado quien al verme tan impacientado me dijo que rosa se había ido al pueblo a comprar unas viandas para la cena pero lo puse en duda porque el cajón estaba lleno de todo lo necesario para cocinar entonces mi sexto sentido me hizo pensar que allí había gato entre macuto por lo que me dejé sitiar de una corazonada la cual me arrastró hasta la caballeriza de abelardo y efectivamente ahí mismo los pesqué sobre las pajas del establo desnudos sudados jadeantes en verdad amigo que el pecho se me llenó de dolor por eso me dejé gobernar por mis instintos todo allí me daba asco el olor penetrante a pecado empantanaba todo aquel lugar infame ese día no los maté a los dos porque con el apuro del momento olvidé el revólver en el rancho pero al menos me le fui encima al muy desgraciado a quien le destrocé la cara con mis puños peleamos como dos gallos bravos y mire que si no hubiera sido por la pronta intervención de sus peones le hubiese clavado el gancho aquel en el pecho juro que te mataré maldito lo amenacé ante la mirada pasmosa de todos cuando llegué a mi rancho ya ella se había ido con el muchacho los días siguientes fueron de pura borrachera para mí el sufrimiento que padecía era tan fuerte que pensaba mudarme muy lejos de aquel lugar de traiciones y vergüenzas porque como tú bien sabes cuando a un hombre le pegan los cuernos no le queda de otra que recurrir a la venganza para levantar la frente un poco cuando se camina por las calles pero  antes de irme del pueblo primero debía hacer justicia con mis propias manos porque como usted entenderá para estos casos ni la justicia divina ni la de los jueces de este planeta sirven para amenguar el pesar ajeno sólo la justicia personal puede calmar un poco la herida que siente el corazón un buen día alguien me informó que lo había visto en la llanura solo en su acostumbrado paseo a caballo yo entonces como todo macho que defiende su honor no perdí tiempo y enjaecé mi mula entonces salí al trote rumbo a la parroquia del pueblo a poner las cosas en claro con el creador entré busqué al cura y ya en el confesionario le revelé con el rostro alterado señor cura hágame el favor y dígale a dios que si quiere perdonarme por matarle a uno de sus hijos  que lo haga y si no quiere pues entonces dígale que con mucho gusto viviré en el purgatorio porque a ese maldito lo mato yo hoy como quiera que sea el cura no hizo más que apretar fuertemente su crucifijo contra su pecho yo por mi parte me persigné y salí del santo lugar como alma que lleva el diablo a cumplir con mi palabra de hombre un rato después me lo encontré en el recodo de un caminejo silbando en su caballo yo sin mediar palabras desenfundé mi revólver y le pegué el primer tiro en el pecho para que aprendiera a no robar corazones ajenos cuando se desplomó sobre el húmedo yerbajo le pegué el segundo tiro en las entrepiernas para que aprendiera a no coger las nalgas ajenas la sangre bullía profusamente no me mate justino por favor me rogaba la sabandija arrastrándose por el suelo pero yo no escuchaba ruego la ira me nublaba la razón lo pateé docenas de veces como a un saco de porquerías el muy degenerado lloraba como un pendejo lo que no supo respetar como un hombre yo simplemente no paraba de darle su merecido estaba cegado por la rabia finalmente le di el tiro de gracia en la frente a quemarropa para que aprendiera a no pensar en suciedades como la que hizo lo vi estremecerse de dolor al tanto que en sus ojos vi clarita la muerte justiciera amortajar su existencia no cabía duda de que a él le sobraba el dinero para hacer y deshacer vidas ajenas cuantas veces se le antojara pero a mí me sobraba el coraje para matarlo a él y a todo aquel que lo defendiera quizás mi madre que dios la tenga en su santo seno no me vaya a perdonar nunca el que le haya matado a su primer hijo su predilecto por ser el hijo del hombre a quien más amó pero el que un día la abandonó por otra mujer más joven que ella pero ya nada de eso me importa ni tampoco viene al caso el punto es que con la muerte de aquel medio hermano se cumplía el refrán que dice muerto el perro se acaba la rabia mi rabia lo que sí es seguro amigo es que cuando yo salga de esta cárcel buscaré a rosa adonde quiere que se encuentre para también matarla para que aprenda a no jugar con los sentimientos de nadie te lo juro amigo te lo juro por mi madrecita santísima como que yo me llamo justino agramonte             

Un cubo de agua

lunes, 30 de octubre del 2006 a las 16:48
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Un cubo de agua

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

3 de enero del 2005 (8:37pm) 

"Cuando hayas cortado el último arbol, contaminado el último rio y pescado el último pez, te darás cuenta de que el dinero no se puede comer."

 

 

Ignacio Abad huyó de la ciudad porque le produjo náuseas la civilización –: el bullicio, la agitación, la indiferencia–. Se escapó a la playa, donde se construyó un pequeño bohío entre dos palmas de coco, a escasos metros del agua. 

Ignacio Abad pernoctó la primera noche bajo la bóveda celeste, preñada de estrellitas luminosas. Yacía allí, arrojado sobre la blanca y fresca arena, con brazos y pies extendidos, desnudo, sencillamente… feliz. 

 Pero al rayar el alba Ignacio Abad observó, perplejo, que la playa se había replegado aproximadamente cien metros de la costa. Nada tan desconcertante comparado con los casi novecientos metros de alejamiento que ésta tuvo el día siguiente. Así, poco a poco, el mar… se secó en poco más o menos una semana; dejando la sensación de estar ante un inmenso desierto con cascajos y algas podridas, patéticamente compuesto por miles de animales marinos moribundos, dispersos por todos lados. 

Por un momento Ignacio Abad pensó que se trataba de un inminente y devastador tsumani, pero su presentimiento sólo fue una chispa de miedo en su mente... 

Cuando llegó la noticia a la ciudad del insólito suceso, una legión de hombres se presentó al lugar de los hechos con todo tipo de herramientas de albañilerías para extender la civilización en la gigantesca cavidad que habia dejado el mar al secarse. Todos, jubilosos,  vieron a Ignacio Abad entrarse, jadeante, al inmenso hueco con un cubo de agua sobre el hombro derecho. Entonces alguien de los recién llegados aclamó: 

–Honra y larga vida para el hombre que trajo el primer cubo de agua; con el que ampliaremos la magia de la civilización hasta  aquí.

–¡Hurra! –exclamaron todos al unísono.

Pero Ignacio Abad sentenció, en tono airado: 

–¿Para qué? ¿Para que se repita la misma mierda de todos los siglos: destrucción y autodestrucción por doquier? ¡Al diablo con su civilización! El  agua es para llenar este hoyo de un nuevo mar. Porque del agua somos y al agua volveremos – acto seguido, arrojó el agua en la arena sedienta ante la mirada pasmosa de todos...   

El burro y el caballo

viernes, 27 de octubre del 2006 a las 19:12
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El burro y el caballo 

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

30 de noviembre del 2004 (9:39 a.m.)    

   “Existen tres verdades: la tuya, la mía y la verdad.”

Anónimo. 

 

 

En cierta ocasión, se toparon un burro y un caballo junto a un cristalino abrevadero. Se aprestaban a saciar su sed. Viendo el rocín el cuerpo maltrecho, sarnoso y enjuto del borrico se precipitó primero al abrevadero para tomar del líquido, mientras decía de modo altanero:  

­­-Endeble jumento, es una insolencia de tu parte estar en el lugar donde me encuentro. No eres digno de beber del agua que  he de libar. Tan sólo mírate, eres un asno enclenque y feo. En cambio yo, soy un corcel de venusto cuerpo: brioso y límpido. ¿Por qué no llevas tu cuerpo, junto a su miasma y endeblez lejos de mi presencia?   El burro, quedamente, clavó sus ojos molidos en la esbeltez del caballo; sacudió su cola rala para espantar los insectos engorrosos que revoleteaban sobre él, dio un paso hacia delante, amusgó sus largas orejas y comentó: 

 -Es cierto, señor, caballo que mi actual desfachatez física, más  mi realenga forma de caminar son defectos deplorables y en cierto grado, repugnantes a la vista de muchos. Pero mi humilde especie en algo supera a la suya. 

-¿Qué dices, burro bribón? El contraste que existe entre nosotros es diametralmente desigual. En nada, bajo el ancho cielo, podría tu inepta especie descollar sobre la nuestra. ¿En qué podrían ustedes, los burros, superarnos? -inquirió el caballo, barriéndolo con la mirada. 

-En el fin del servicio, mi señor  -contestó el burro de modo escueto, al levantar su extenuada mirada al cerúleo firmamento. 

-¡Desvarías mucho, burro inútil! Mi amo me baña con esmero y pulcritud y enalbarda con delicadeza mi cuerpo. Peina mis crines cariñosamente con  mullido cepillo. Protege mis pezuñas con fuertes y caras herraduras, acicala mi cola con arrumacos. Mi amo, mi amo, es débil ante mis melindres. Mi raza es superior a la tuya, burro presumido y deslenguado - replicó el caballo con marcada viso de ira. 

-Disculpe mi tozudez en cuanto a la superioridad de mi raza, señor caballo. Admito que mis crines son berrendas y ralas. Sé que mi lomo nunca ha sido adornado con las lindas jaeces que a usted le suelen componer. Mas le recuerdo que nuestra  grandeza no radica en los mimos ni en los atavíos de caballería, ni los adornos caros y relucientes que a usted le suelen emperifollar. Nuestra grandeza va más allá de esa nimiedad -porfió el burro de forma serena.  

-¡Estúpido burro!  ¿Qué no ves?  Soy el rey de la resistencia, pero tú, eres el rey de la debilidad. A ti, te cimbran una retahíla de palos para que puedas moverte y avanzar. En cambio a mí, no me dan azotinas porque soy ágil, soy  un ejemplar de pasos finos, no obstante lo tuyos… son burdos. Escucha esto, burrito de pacotilla, mi especie, ha llevado sobre su lomo a: poderosos reyes, a augustos príncipes, a los grandes generales de la humanidad, a los más ágiles jinetes de los hipódromos, a los grandes mosqueteros de todo el planeta. ¡Somos la raza  predilecta por los grandes hombres del mundo! -aclamaba el caballo con ínfulas y relinchos megalómanos.     

Entonces, una luz del cielo reverberó en el rostro del burro. Mientras un haz de la refulgencia celeste se encabrillaba en las aguas del abrevadero. Al tanto que, el viento bramaba melodioso en las copas de los árboles, los pajaritos entonaban su canoro trinar, y fue ahí cuando el burro reveló con jovial mirada: 

-En nada ha errado, señor caballo y; de eso que acaba de recordarme pueden dar fieles testimonios: el Rey Arturo, Sir Lancelot, el General Alejandro Magno, el Emperador Napoleón Bonaparte, el Soñador Don Quijote, y hasta el Sátrapa Trujillo, pero el servicio de sus caballos siempre fue mercenario y maligno, porque el fin que perseguían sus amos era una mezcla de atrocidades y actos violentos. O sea, su objetivo fue meramente destruir. Pero el servicio de mi especie ha sido noble y en suma, humilde: deleitar a la humanidad con lirismo y dulce nostalgia encarnado en el afable Platero y el servicio inigualable de cargar en el lomo, al Rey de reyes, al Salvador de todo ser vivo, a Jesús de Nazaret. ¡He ahí, mi divina grandeza!   

Entonces, el burro se acercó al abrevadero con pasos lentos y rencos. Sumergió sus belfos en el  fresco líquido para saciar su sed con frugal actitud y fue ahí cuando el caballo se encabrilló en sus patas traseras. Piafó la tierra con rabia y relinchó con gran estridencia. Volvió sus ancas al burro, lo miró de reojo, mientras sus músculos se contraían. Midió la distancia que lo separaba del jumento para cimbrarle la madre de las coces... súbitamente algo lo detuvo y pronto depuso su actitud beligerante: la Verdad de los hechos. Entonces se precipitó al campo abierto, galopando, sin reparar ni un segundo en su sed...  Finalmente, el burro pensando que el caballo estaba todavía detrás de él, murmuró: 

­–A decir verdad, señor caballo, ambos somos importantes para Dios, porque cuando Cristo regrese a la tierra a luchar contra Satanás, vendrá a caballo, en un caballo blanco, señor, en uno de pura sangre…           

Guarda, mujer, un rinconcito en tu alma

viernes, 27 de octubre del 2006 a las 16:15
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Guarda, mujer, un rinconcito en tu alma…

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

2004 

 

 

 

Guarda, mujer, un rinconcito en tu alma,

No importa si a él  no llega la luz del alba,

Pues de él no pretendo ser su dueño,

Mas un dulce ayer, un simple ensueño.

Guarda… un rinconcito en tu alma… 

 

No, mujer, no te preocupes por su dimensión,

Que en cualquier baúl se echa la rota ilusión,N

o me importa si está sucio y desolado,

¡Total! es para arrojar los restos de quien más te ha amado.

Guarda… un rinconcito en tu alma… 

 

 ¡Qué me importa si está frío y oscuro!

Mirad que es para conservar los jirones de un amor puro,

¡Qué importa si a él no llega del mar, su rumor!

Pues sólo ocultaré los vestigios de un naufragio de amor.

Guarda… un rinconcito en tu alma…  

 

Guarda, amada mía, un rinconcito en tu alma,

Donde no se sienta el bullicio, sino la calma,

No más es para que amparares los besos de un recuerdo,

De nuestro amor turbulento y poco cuerdo.

Guarda… un rinconcito en tu alma… 

 

Me da igual, que a él no llegue la brisa,

Ya que es para este amor hecho pura ceniza,

No, no es menester aire para el respiro,

Es para mi alma que agoniza suspiro tras suspiro.

Guarda… un rinconcito en tu alma…    

 

No, nunca será un rinconcito para el carnal goce,

Del que se goza en frenética noche,

Enredado en el cuerpo de otro ser,

Sino uno que te recuerde, quien te debió hacerte/mujer.

El mendigo de la iglesia

viernes, 27 de octubre del 2006
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El mendigo de la iglesia

Jhovanny Marte Rosario

(El Quisqueyano)

19 de agosto del 2006 (9:29 p.m.)  

 

 “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”

Juan Bosch

 

 

 

 Llevaba horas arrojado al pie de la escalinata de la iglesia, limosneando. Su estómago estaba tan vacío como el fondo de su raído sombrero, con el que suplicaba una caridad a los que por allí pasaban. Tenía la piel enjuta y la barba crecida e hirsuta. Su perro estaba tan demacrado como él. Del cuello del menesteroso colgaba un letrero que decía: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” No solía reír, pero tampoco llorar. La vida le había enseñado ambas cosas. 

–Una limosnita, por favor, señorita –dijo con palabras entrecortadas, en tanto que el fulgor del hambre fue asomándose en sus vidriosos ojillos. Ella, como ofendida, se detuvo en seco, le echó una mirada fulminante por encima del hombro derecho y reprochó con severidad: 

Si a Dios le importa un bledo tu miserable existencia, ¿Por qué ha de importarme a mí? Además, ¿Por qué debería yo de servirte? 

El mendigo bajó el rostro con aparente desaliento y se echó sobre sus cartones, en donde se arrulló quietamente, asió su grueso palo, el que usaba como bastón y lo apretujó contra su pecho. El perro se recostó junto al amo, con las dos patas delanteras apoyadas debajo de la cabeza, mirándolo como quien desea compenetrarse en la honda pena ajena. Ella por su parte siguió su camino con un aplastante aire de: “Puse en su lugar a ese vago inservible.” 

Una noche de plenilunio en la que caía una fina llovizna, aquel andrajoso ser franqueaba una callejuela de aquella gran ciudad cibaeña, destapando todos los botes de basura que hallaba a su paso, con la esperanza de encontrar algo de comer. De repente, vio en el fondo de ella una escena de violencia a contraluz. Una mujer suplicaba por su vida, mientras se arrastraba sobre el pavimento, tratando de huir de quien la acosaba muy de cerca con navaja en mano.  El mendigo se aproximó con cautela por la retaguardia, empuñando su grueso palo, el perro por su parte lo seguía medio agazapado. Y sin que aquel hombre lo notara si quiera, diole tal porrazo en la cabeza que lo dejó inconsciente en el suelo, bocabajo, con ambos brazos abiertos de par en par.

 –¡Tú? –profirió ella al recordarlo con nitidez. 

–Que Dios la guarde de todo mal, señorita –expresó la ambulante alma con voz serena. 

–Pero…pero ¿Por qué me ayudaste? –masculló ella, ruborizada. 

–Sirvo para servir, señorita –concluyó y se marchó con pasos lentos, junto a su perro, bajo el gran disco plateado de la luna.   

Sobre el blog

Literaturaquisqueyana

Literaturaquisqueyana es un espacio creado para compartir Literatura con aquellas personas que realmente se identifican con la magia de la palabra.

La palabra libera, la palabra nos conduce a un éxtasis de satisfacción personal, la palabra nos brinda catarsis, la palabra nos envuelve en un paroxismo vivificador, la palabra nos transporta a dimensiones etéreas, la palabra enamora el corazón. La palabra mal usada puede que mate, pero es nuestra decisión de que ocurra lo lóbrego, porque el control de las emociones que causa la palabra es nuestro.Así como la palabra puede fusilar sentimientos, también puede que dé vida, vida en abundancia.

Aquí podrás acceder a la palabra que mitiga ¿Qué? !No sé! Lo que tú permitas. Aquí la palabra logrará que surja algo de ti ¿Qué? Ya lo dije una vez !No sé! Es una experiencia personal, una mística entre tú y la palabra.

La meta de esta página es y será uno solo: empapar el alma de literatura pura y desinteresada. La Humanidad se ha encargado de ponerle un precio a la palabra ajena. !Han hecho de ella un mercado ignominioso! Pero como paga han recibido un numen anquilosado; por eso a la mía nadie le pondrá un precio porque no está en venta. Así de simple para que nazca espontánea y pura.

Que tu estancia en este lar sea de tu agrado.

Un cálido abrazo,

el autor,


Jhovanny Marte Rosario


Santiago, República Dominicana.


jhovannymarte@yahoo.com

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