Precipicio
Jhovanny Marte Rosario
4 de enero, 2008
9:06 a.m.
Desde que Fulana se lo confesara con los acostumbrados ambages al que se suele recurrir en las rupturas amorosas, el freno pareciera ya no existir debajo del pie de Fulano. La mente de él, abrumada por la noticia, fue percibiendo la carretera y las curvas más espaciosas por cada milla recorrida.
-¿Qué tienes? -indagó Fulana al advertir una hebra de cristal zigzaguear en picada sobre la mejilla de él.
-Nada. Es la brisa -se defendió Fulano, acto seguido se enjugó la pena líquida con el torso de la diestra.
La incertidumbre embargaba a Fulana a ratos por lo rápido que estaba percibiendo pasar los árboles. Sentía como si una cámara siniestra estuviera rodando la vida de ella como un video clip.
-¿Podrias ir más despacio, por favor? -Solicitó Fulana, mientras se recogía la melena en la nuca. Fulano volvió la mirada al lado opuesto de Fulana en actitud de desaire.
"Dejarás de existir para mí." Pensó Fulano, al tanto que la aguja del millero relamía, de trecho en trecho, los números ascendentes del albur de la existencia de ambos. "Ya no puedo estar contigo. Me voy a casar con un hombre que me aprecia en verdad." Esas palabras dichas por Fulana laceraron a Fulano en lo más profundo de su ser. "¿Cómo la olvido ahora?" Meditaba Fulano, con la mirada fija en las rayas amarillas del asfalto que se sucedían, vertiginosas, debajo de los neumáticos. Para entonces ya habían ascendido casi dos kilómetros de la montaña.
Los dulces recuerdos, impresos en el daguerrotipo del corazón de Fulano, fueron irrumpiendo en su mente como enjambre de abejas que se agolpan en la boca de una colmena. Mientras seguían ascendiendo, Fulano pensaba en: el placer que él experimentaba al contemplarle el cuerpo a Fulana, lozano y terso en lencería. La ansiedad que le provocaba a Fulano el zarandeo del espíritu al desnudarla pieza a pieza, mientras las yemas de los dedos iban electrizando la piel poro a poro. Los besos cálidos que se suspendían de súbitos en las bocas entornadas. Los mordiscos en los labios y en el pecho que lo estremecían todo. La lengua remojada que exploraba, juguetona, ora el cuello, ora la espalda, ora el ombligo, ora las entrepiernas. Las carnes fundidas, socavando las fuerzas, degustando en gemidos energúmenos la efímera sensación de muerte que, de repente, se experimenta en el clímax.
Pero ya Fulana había desahuciado la relación. El cielo, que desde los primeros minutos del alba, se había cubierto de estratos grisáceos, dejaba caer ahora, diagonalmente, la plomiza condensación de sus partículas cristalinas. La carretera volviose cada vez más viciosa y cómplice del hado, no obstante a esto, el freno pareciera no existir todavía debajo del pie de Fulano, ni aun cuando descendían la luenga cuesta. "Dejarás de existir para mí." Se repetía Fulano, enmudecido y anestesiado como una ecuestre. Fulano ahora veía acercarse, nítido, el precipicio (el destino deseado), al tanto que ella, ausente de la inminente fatalidad, sólo recreaba la mirada en el verdor encabrillado del hondo lar.
Saboreada la viscosa sustancia del vacío existencial, un pensamiento ligero, hizo volver a Fulano a la realidad de la vida, de la suya, entonces ya próximo al acto último de la locura, presionó el freno de golpe, y sin volver la mirada a Fulana y ordenó:
-Sal del auto, puta.
Fulana salió sin pasar palabras, estrelló la puerta y cruzó los brazos, indignada. Fulano aceleró y viéndola achicarse por el espejo retrovisor, agregó: "Tengo un hijo que me espera en casa, maldita."