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HOY ME HE PUESTO A PENSAR

lunes, 14 de enero del 2008 a las 00:08
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Me he puesto a pensar

Jhovanny Marte Rosario

9 de enero, 2008

12:00 p.m.

                                                                                     

  Mañana quiero

despertar siendo otro.

 

Me he puesto a pensar /

que la vida no es aburrida, /

que soy yo materia plomiza.

Hoy... estoy molesto.

 

Me he puesto a pensar /

que la vida no es monotonía, /

que soy yo esa redundancia.

La añeja rutina.

 

Me he puesto a pensar /

que la vida no es trágica, /

que soy yo la adversidad.

Mi verdugo.

 

Me he puesto a pensar /

que la vida no es disyuntiva, /

que soy yo mi propia complejidad.

Ciega paradoja.

 

Me he puesto a pensar /

que la vida no es difícil, /

que más bien soy yo mi traba.

Cúmulo de masa inerte.

Maña cíclica ||  vicio rancio.

 

Me he puesto a pensar /

que la vida no es perra, /

que soy yo la bestia acomodaticia.

Juicio obtuso que se siente mejor

inculpando a cualquier cosa

de mi tribulación, /

menos a mí.

 

Hoy no puedo evitar

sentirme pozo vacío, /

 bicho extraño, /

células moribundas, /

carne perezosa, /

cosa difunta, /

queja vana, /

polvo.

 

 

 

 

 

OJOS QUE SE CIERRAN

jueves, 10 de enero del 2008 a las 16:30
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Ojos que se cierran

Jhovanny Marte Rosario

2004

 

 

Los ojos que se cierran al besar/

son la más pura muestra de amar.

Porque sólo el que ama con pasión,

contrae las pupilas de emoción.

 

Aquellos ojos que se cierran/

delatan el madrigal cuando se encuentran

la ilusión y el placer,

de una hombre y una mujer.

 

El amor cuando es verdadero,

emerge como la rosa hasta en un vertedero.

Como el moriviví que encoge las hojitas al tacto,

así se cierran los ojos llenos de magia en el acto.

 

Etéreos son los ojos que se cierran al hacer el amor,

como lo hace en sublime éxtasis el cantor.

Cerramos nuestros ojos al sentir dolor,

al acercamos a la hoguera y su ardor.

 

¡Qué lindo es contemplar los ojos en su dormir!

¡Qué tristes son los ojos cuando se cierran al morir!

Mas, ¡Qué viles son los ojos con apariencia de santos!

Cuando fingen el clímax en gemidos falsos.

 

De hinojo/ cerramos los ojos al besar la Patria con orgullo,

como cuando en el altar los cierran los novios con arrullo.

Mas, no existen en el mundo ojos que provoquen más admiración,

que aquellos que se cierran para pedirle a Dios/ perdón.

NO TE GUARDO RENCOR

jueves, 10 de enero del 2008 a las 15:35
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No te guardo rencor

Jhovanny Marte Rosario

2004

 

No, / no te guardo rencor,

porque al final/ en el juego de los infieles;

quien engaña más/ suma a su corazón más hieles;

las que con los años/ se tornan en dolor.

 

¿Ya ves mujer?/ no te guardo rencor.

Aunque conmigo sólo buscabas placer y arrebato;

y llenar tu vacío por un rato;

por Dios que no te guardo rencor.

 

Créeme/ no te guardo rencor.

Aunque no niego/ que por los excesos;

me acostumbré a tus besos;

que de a poco se convirtieron en fervor.

 

 Y palabra de hombre/ que no hablo con despecho;

aunque el Mundo piense/ que te rajaré el pecho.

No, mujer/ puedes dormir en paz;

 porque lo nuestro, al fin y al cabo, fue falso y fugaz.

 

¡Ah!, Y descuida mujer/ que ante el Tribunal Celestial;

seré tu abogado defensor/  y es que todo no fue fatal.

¡Sí! Por gratitud, le pediré al Señor con reverencia,

Perdonadla, Señor, aunque sea infiel la muy sinvergüenza.

 

ME ALEJO DE TI

sábado, 29 de diciembre del 2007 a las 17:07
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Me alejo de ti

Jhovanny Marte Rosario

29 de diciembre, 2007

1:30 a.m.

 

Me alejo de ti/

sigiloso:

como barco que se hunde

en el horizonte o

como el último rayito

 de sol que se traga la noche.

 

No importa el modo.

Lo que cuenta ahora es que/

 me alejo de ti.

Mas no por cobardía

ni por despecho,

sino porque alejándome  

hoy de ti,

me llevaré la satisfacción mañana

de nunca haberte perdido

porque nunca fuiste mía.

 

Sí.

Me alejo de ti.

Eso es todo...

 

 

 

MALDITA RATA

lunes, 24 de diciembre del 2007 a las 14:27
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Maldita rata

Jhovanny Marte Rosario

29 de Diciembre  de 2005

 9: 42 a.m.

Todo debía quedar perfecto esa noche. Y créanme que no era por él, mi jefe, sino por ella, su esposa, "La perfeccionista" quien para mi desgracia era empleada en la empresa de la que yo era mensajero. Era una mujer austera en el orden y la limpieza; lo cual se reflejaba en lo nítido y arreglado de su propia oficina. Parecía la mesa del altar donde el sacerdote consagra el pan y el vino. Era una mujer cursi y pedante al extremo, su palabra favorita era "pulcritud." Creo que era una misófoba, le tenía pánico a los gérmenes.

Del otro lado de esa obsesión por la limpieza y perfección de las cosas estaba mi esposa, quien hace la limpieza, pero con sus acostumbradas posposiciones de esto y aquello: "sin matarse mucho" como suele decirme. Elige un día especial para echarle agua a la casa por "boquinariz." Y en esa inundación doméstica el más beneficiado de todos es Carlito, nuestro amado hijo, quien suele encuerarse para deslizarse de barriga, de pared a pared, en el gran charco que se forma en el piso. No obstante, yo, detesto ese acuático y especial día de la operación limpieza en la casa, ya que en él, mi esposa se la pasa con el rostro ensañado y mirándome de reojo.  

Todo estaba listo para el gran recibimiento. Eran alrededor de las ocho p.m., el hogar lucía impecable y, para conformar el spa hogareño, decidimos llevar a nuestro travieso Carlito a casa de su abuela, mi suegra, quien adora ver a su nieto, como un angelito, dormido. Como ni mi esposa ni yo sabíamos cómo organizar una mesa con el rigor de una ceremonia palaciega, hube de comprar un libro de etiqueta y protocolo para estos fines, el cual devoré de cabo a rabo para deslumbrar al jefe y a la otra. Y todo porque esa noche le hablaría de un aumento salarial...

Para cuando mi jefe y su esposa habían llegado, ya todo estaba perfecto en la casa: el piso lustrado, las paredes relucientes, todas las manchas de la alfombra removidas con esmero, cada cuadro enderezado simétricamente en la pared, las cortinas recogidas en abanico, iluminación adecuada (tenues en algunos lugares), música de fondo con el clásico violín de Antonio Vivaldi y, una agradable fragancia ambientando la atmósfera...todo apuntalaba mi éxito económico en la empresa.    

La mesa estaba puesta según los consejos aprendidos en el susodicho libro: desde un tenedor a la izquierda del plato, cuchara y cuchillo a la derecha del mismo, mantel haciendo juego con la vajilla y con la decoración de la sala, hasta el juego de copas situadas enfrente del plato, de mayor a menor tamaño y de izquierda a derecha; entre otras mierderías de la burocracia; junto al despliegue de gastronomía parisiense daban la sensación de estar ante la presencia de una ambrosía de los más refinados y selectos productos gourmet, preparado por experimentados chefs de la alta cuisine.

Todo iba perfecto hasta que aquella mujer clavó su mirada en "Blanquito", el hámster que le compramos a Carlito en su noveno cumpleaños. Era un animalito níveo y suave como el algodón, era una criaturita simpática y juguetona. Todo estaba bien, hasta que la esposa de mi jefe confundió a Blanquito con una rata inmunda. Todo estaba en armonía hasta que a ella le dio un ataque de histeria y, de un sopetón, aplastó a Blanquito con uno de sus zapatos del jet set. Un hilo viscoso de sangre se salió, sinuoso, debajo del animalito como muestra de la atrocidad perpetrada. Todo porque Blanquito corría tras Rocky, su carro de juguete.

Cuando ambos - el jefe y su esposa- me dieron la espalda para franquear la puerta e irse, llené mis pulmones de todo el aire posible y soplé, como fuerte ventisca, una sola frase tras sus orejas: "¡Maldita rataaa!" Mi jefe, molesto, se volvió a mí y me miró con duda. Su esposa sólo chillaba, con el rostro hundido en sus manos de la high class. Y mi esposa, como siempre, no dijo ni pío, tan sólo se levantó para recoger, entre sollozos, el cuerpo sin vida de Blanquito -la alegría-, de nuestro único hijo.

Al día siguiente, muy tempranito, me apersoné en la oficina de la encargada de Recursos Humanos de la empresa (la  esposa de mi ex jefe), donde sin siquiera decir un cortés: "buen día, señora" arrojé una carta sobre su espacioso escritorio, la que todavía no  había terminado de caer cuando, ya ella estaba de pie y con ambas manos puestas en la cintura, sentenciando con tono prepotente: "Armando Páez, no se moleste en traernos más correspondencia porque usted está despedido, por su rapaz insolencia".

Y yo que soy pobre, pero con honra, y que siempre he sido tercamente fiel a lo que pienso de alguien, no dudé en acercarme lo más que pude al rostro de esa mujer, y allí, ante los ojos azorados de su acobardado esposo, repetí con serenidad: "Señora mía, es usted una maldita rata, ¿escuchó usted señora? Una maldita y rata."

Satisfecha la vanidad del desahogo humano, abandoné aquella empresa con una duda y un tormento en el alma.

La duda: ¿Firmaría yo la carta de renuncia que le arrojé en el escritorio?

El tormento: ¿cómo explicarle a Carlito que su regocijo, Blanquito, ya no existe?  ¿Cómo explicárselo, Dios mío? ¿Cómo?  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OLORES INCONFUNDIBLES

domingo, 23 de diciembre del 2007 a las 00:31
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                                                                                       Olores inconfundibles

Jhovanny Marte Rosario

20 de diciembre de 2007

9: 20 a.m.

 

 

 

El principio del pecado es la soberbia. Quien se exalta, es deprimido; quien se eleva, es postergado; quien se hincha, revienta.
San Isidoro

 

Es cierto, todo lo que usaba la señorita Sobeida Gil era de la mejor calidad: sus abrigos de pieles de visón, de castores, de tejones..., su perfume Imperial Majesty de Clive Christian, sus relojes Rolex Oyster Perpetual, Pateck Philippe, sus ropas de moda Versace, sus joyas de perlas y diamantes. Todo era caro y bonito. No obstante,  la jactancia también tiene sus fronteras y yo me dispuse a mostrarle a ella cuál es esa línea trazada en el corazón de la sociedad que nadie debe traspasar.  Aunque  lo que hice me costó mi empleo, la neta es que no me arrepiento de ello.  

 

Todo ocurrió en una fiesta que organizó el señor Armando Gil, con motivo del Día Internacional de los Trabajadores. A pesar de que mi espíritu siempre ha sentido cierta repulsa por los círculos de gala asistí a la celebración. Sin embargo, pobre al fin, tuve que tomar prestado un frac con el fin de lucir como los potentados. Este afán de emperifollarse obtemperando al rigor de las normas de etiqueta y protocolo es parte del espectáculo social, cada quien a su manera según el nivel de soberbia.

 

Sobeida Gil, la segunda hija de mi para entonces jefe, se encontraba en tertulia con unas amigas de la misma ralea. Como siempre, parloteaban de las mismas futilidades: sus ricas posesiones y sus promiscuidades. Yo, de manera muy disimulada, me acerqué a ellas y me colé en el grupo con una galantería inusitada en mí, mezclada con una pizca de irreconocible hipocresía. Una vez entre ellas, torné la voz estentórea y dije:

 

-Muy buenas noches bellas señoritas. Me presento: soy el licenciado Osorio Villanueva, contador de Gil Industrial & asociados...

 

-Ja, el señor Armando Gil es mi padre. Él es el fundador de la empresa, el mayor accionista y jefe inmediato de todos ustedes -interrumpió ella con aire endiosado, al tanto que sus amigas me echaban una mirada de censura.

 

 Todo el salón estaba dulcificado por las melodiosas piezas clásicas de: Vivaldi, Beethoven, Mozart, Chopin, etc. Los tintineos del choque de las copas se escuchaban de rato en rato. Se brindaba por la menor nimiedad. Yo entonces, forzando una sonrisa de admiración, me pasé la mano por el rostro imberbe y expresé:

 

-Pues ya sabía, señorita Gil que usted es hija del jefe. La conozco porque el jefe tiene un retrato de usted colgado en la pared.

 

 

-Así es. El marco está hecho de caoba hondureña, importada de Costa Rica.

 

-¿Ah, sí? ¡Qué bien! A propósito, escuché decir que usted tiene el sentido del olfato superdesarrollada como la de los Trolls y que por tanto puede distinguir con los ojos vendados los olores de sus pertenencias. ¿Es eso cierto?

 

-Así es. Soy un milagro de la naturaleza. La mejor.

 

-¿Ah, sí? ¿Podría usted darme un pruebita de su habilidad?

 

-¿Qué? ¿Estás insinuando que carezco de ese talento? ¡Insolente!

 

-Pues, la neta, la neta, señorita es que yo soy como Santo Tomás.

 

-¿Ver para creer?

 

-Sí. Pero bueno, dejémoslo ahí porque sé que usted tiene miedo a fracasar.

 

-¿Fracasar un Gil? ¡Nunca! Hagamos un trato, hombre grosero. Subamos a mi alcoba. Mis amigas seleccionarán a su gusto objetos similares de mis familiares y de mí, dos de cada especie, yo me vendaré los ojos, tú me pondrás cada objeto cerca de mis narices y yo te diré si el objeto es mío o no. Si pierdo, te agenciaré un buen aumento salarial con mi padre, si gano, deberás besarme los pies durante 7 minutos. ¿Vale?

 

Dudé por unos segundos. Me compuse el corbatín y casi sin medir las consecuencias dije:

 

 -Me la juego.

 

Dicho y hecho. Subimos a la alcoba de la señorita Gil, casi a hurtadillas para que nadie supiera de nuestra jugarreta. Cuando entramos, lo admito, su dormitorio era un sueño. Muy parecido a la morada de un sultán: cortinas y alfombras de diseño árabe por doquier, cuadros de Goya, Dalí, Picasso y Guillén, enseres de la más fina calidad le daban un toque mágico al lugar, sumado a la rica fragancia que emanaba de cada arista de la habitación. Mis sentidos estaban simplemente enajenados de tanta opulencia.

 

-Pues bien, ya estoy vendada. ¿Listo para la derrota, descocado?

                            

-Eso lo veremos -le dije, herido por el término que ella había utilizado para referirse a mí.

 

-Empieza, pues descocado -profirió ella, retorciendo la boca.

 

-Maldita altanera -musité.

 

Tomé de la mesa una tarjeta de crédito de dos que había, se la pasé por la nariz y concluyó:

 

-Es mi tarjeta de crédito. Una MasterCard, dorada, la cual tiene acceso a una cuenta en dólares que se puede usar a nivel internacional.

 

-Cierto -confirmé, volviendo la mirada a las tres amigas, quienes hacían las veces de jurado, o quizás de cómplices de un fraude.

 

 

-Empuñé una tanga azul y se la acerqué a la nariz, como perro sabueso, la olfateó y dijo:

 

 -Es ropa interior, añil, es de mi hermana menor.

 

Le puse la otra, y esbozando una sonrisa infirió:

 

-Es mi tanga, color rosa, de Victoria´s Secret, tiene 2,000 pequeños corazones de diamante imitando el fuego. Importada directamente de Columbus, Ohio.

 

Acertó. Esta vez levanté una botella de vino, se la acerqué y de inmediato dedujo:

 

-Es un Doble Mágnum de Vega Sicilia, 1987. Único de las añadas, firmado por Pablo Álvarez. Mi vino preferido. Su venta está prohibida a la plebe.

 

Deslumbrado por tan magnifico despliegue de informaciones, aclaré la garganta, agarré una almohada e hice el mismo ritual.

 

-Es mi almohada. Nívea como el Reino de los Cielos y mullida como el algodón. Está hecha de de plumón virgen de oca y pato adulto europeo Ni el Rey Salomón se vio con una como ésta. Fue traída del Reino Unido.

 

Bueno, casi derrotado, tomé un cartel de una celebridad y de inmediato rechazó que fuera de ella. Le puse el otro y declaró:

 

-Es mi cartel favorito. Ella es Marylin Monroe, actriz, fue un símbolo sexual en los Estados Unidos en los 50's y principios de los 60's. Una verdadera personificación del glamour de Hollywood. Una mujer casi tan bella como la que te revela estos datos.

 

Esta vez agarré un vestido y se lo pasé un poco distante para confundirla, pero inútil, de inmediato dijo:

 

- Hubert de Givenchy, mi vestido negro. Además de diamantes, tiene un corpiño de pedrería con tirante por el cuello. Hice que le pusieran 3.000 cristales Swarovski. Mi padre me lo compró cuando viajamos en crucero por El Mar Mediterráneo y las islas griegas.

 

Abrumado en gran manera, le coloqué el último objeto con mucha cautela por tratarse de una pistola, y ella sin mucho afán, coligió:

 

-Es mi pistola. Una Colt 1911 calibre .45 ACP, cromada. Me la regaló un enamorado, militar del Pentágono, cuando mi padre y yo visitamos las instalaciones de ese cuartel general.  

 

-Es usted muy talentosa, señorita Gil. Sin embargo, ruego que me conceda la gracia de una última prueba -incité llanamente.

 

-Cedida, perdedor. Yo soy la mejor. Soy perfecta.

 

 

Asentida la oportunidad, eché una mirada a la habitación de hito en hito. Nada me llamó la atención. Debía ser algo que la derrotara de una vez por todas, o si no tendría que agacharme a besarle los pies como una Magdalena. Esto sería mi más terrible humillación, ya que cada una de sus amigas portaba una cámara digital para tomarme fotos, que de seguro las publicarían en revistas o la Internet. Como un destello de luz bajado del Cielo, fui al baño y regresé, raudo. Le pasé lo que traje por la nariz lo más cerca posible, ella se sacudió de sobresalto y exclamó, turbada:

 

- ¡Pero qué olor tan horrible! ¿Qué diablos es? ¡Apesta!

 

-Es papel higiénico. Es su mierda, señorita. Al fin y al cabo, usted, señorita Gil no es tan perfecta como parecía. ¿O me equivoco?

 

Ella me abofeteó y se echó sobre la cama a llorar, mientras sus amigas trataban de consolarla.

 

Y esa fue la historia, de la que pude deducir que lo único que verdaderamente nos recuerda tanto a ricos como a pobres que somos iguales, es la mierda. ¿Cierto?    

 

 

ENTRE LA CARNE Y EL ANIMA

jueves, 20 de diciembre del 2007 a las 18:28
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Entre la carne y el ánima

Jhovanny Marte Rosario

19 de diciembre de 2007

11: 30 p.m.

 

A mi amiga de pluma y sueños, Yaniris Espinal.

                                                                           

"Estamos hechos del mismo tejido que nuestros sueños."

(W. Shakespeare).

 

 

Un dolor materno,

un grito minúsculo:

 entre sonrisas compinches

y el tibio amniótico desparramado,

germinó un pedacito de cielo:

naciste tú, una hembrita.

 

Con calostro,

 puré de papa

y maraquitas

se fue abriendo

paso tu carne, los huesos,

pero tu alma permaneció

incólume, estacionaria,

como ave que se resiste

a emigrar como las demás

a su inexorable destino.

 

Tu carne creció

un poco más

y las muñecas se fueron

quedando más horas

en el armario,

posiblemente desde

aquel perplejo día

 en que brotó sangre

de tus entrepiernas,

sin embargo,

tu alma no se inmutó

llanamente continuó, rebelde,

pintando arco iris en la nada.

 

Tu piel dehiscente

se desplegó, ágil esta vez,

como la rosa del jardín:

Lozana, fresca, atrevida

y llegó el jardinero peregrino

 para humedecer, con rocío libidinoso,

tu boca curiosa con el primer beso:

tímido y furtivo.

Y de tu cabeza remontáronse

docenas de mariposas a enhebrar

de velo y corona, tu hábitat.

 

La noche y el día se

repelieron miles de veces,

y tu carne ganaba altura,

mientras los sueños

se quedaban chavales,

confabulados con

 los cuentos de hadas.

 

Un día,

envuelta en una nube

de miedo y placer

se desagarró

la fina membrana

de tus fugaces quince abriles.

No obstante, las fantasías

se resistieron a desbandarse

del baúl de la infancia.

 

Tu carne se acercará mañana,

irreversible, al declive, al ocaso.

Sí, y tú lo reconocerás

algún día con amarga mirada,

frente al espejo,

el llamado silente de natura,

el retorno a lo ignoto,

la verdad lóbrega,

surcada en tu carne,

agazapada, burlona

como un tatuaje indeleble

que día a día se irá

ramificando sobre tu piel

como tentáculos de pulpo.

.No obstante,

tus sueños y fantasías de otrora

permanecerán perennemente

liliputiense en tu alma,

acurrucados

entre la hojarasca reseca

de un hondo suspiro.

 

 

 

 

ME CONFIESO DESAFECTO DE TI, VIDA

miércoles, 12 de diciembre del 2007 a las 03:47
guardado en
 

Me confieso desafecto de ti, Vida

Jhovanny Marte Rosario

5 de noviembre de 2007

10: 20 p.m.

 

 

 

¿Quién me envío a este mundo?

¿Quién lo hizo sin mi consentimiento?

¿Acaso es todo esto un juego?

¿Acaso soy yo la marioneta de algo?

No lo sé.

 

Sólo sé que tú, Vida  eres un fiasco.

Un retozo pesado.

Una pifia.

 

A ti, Vida, te creí serena,

Pero me resultaste muy turbulenta.

Te creí justa,

Mas  eres un juzgado muy parcial.

 A ti te creí, felicidad,

Y no eres más que una sarta de contrariedades.

 

Te creí, Vida, pura,

Y...ja, turbia es tu agua.

Te creí un sueño,

Mas sólo eres un tropiezo en el universo.

Un desliz del cosmos,

Un evento doloroso.

 

¿Dónde está la felicidad?

¿A dos horas de alegría llamas felicidad?

No, Vida, tu has sido una decepción.

 

Yo...

Me confieso un desafecto de ti, Vida.

Un insatisfecho incorregible.

Soy tu perenne pesimismo.

No lo oculto. Tú te lo has ganado

Esa es tu paga.

Por patrañera, oh Vida.

 

Sobre el blog

Literaturaquisqueyana

Literaturaquisqueyana es un espacio creado para compartir Literatura con aquellas personas que realmente se identifican con la magia de la palabra.

La palabra libera, la palabra nos conduce a un éxtasis de satisfacción personal, la palabra nos brinda catarsis, la palabra nos envuelve en un paroxismo vivificador, la palabra nos transporta a dimensiones etéreas, la palabra enamora el corazón. La palabra mal usada puede que mate, pero es nuestra decisión de que ocurra lo lóbrego, porque el control de las emociones que causa la palabra es nuestro.Así como la palabra puede fusilar sentimientos, también puede que dé vida, vida en abundancia.

Aquí podrás acceder a la palabra que mitiga ¿Qué? !No sé! Lo que tú permitas. Aquí la palabra logrará que surja algo de ti ¿Qué? Ya lo dije una vez !No sé! Es una experiencia personal, una mística entre tú y la palabra.

La meta de esta página es y será uno solo: empapar el alma de literatura pura y desinteresada. La Humanidad se ha encargado de ponerle un precio a la palabra ajena. !Han hecho de ella un mercado ignominioso! Pero como paga han recibido un numen anquilosado; por eso a la mía nadie le pondrá un precio porque no está en venta. Así de simple para que nazca espontánea y pura.

Que tu estancia en este lar sea de tu agrado.

Un cálido abrazo,

el autor,


Jhovanny Marte Rosario


Santiago, República Dominicana.


jhovannymarte@yahoo.com

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