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Pinceladas sobre el verdadero político

por Jhovanny
lunes, 14 de julio del 2008 a las 13:57
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EL VERDADERO POLITICO

Pinceladas sobre el verdadero político

Jhovanny Marte Rosario

16 de mayo, 2008

1: 30 p.m.

 

"Aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti."

Yves Montan

 

            El verdadero político es un servidor del pueblo que nace y se hace con singular destreza. El político carismático es un personaje que ha aprendido y maneja el histrionismo de una manera magistral en beneficio de su pueblo. Es hombre de exquisita doblez, porque sabe cuando ponerse una máscara y cuando quitársela para recurrir a otra,  una estratagema, según lo ameriten las circunstancias, con el fin de beneficiar a su gente. Dicen que el imperio de la política es el imperio de la mentira, pero nuestro verdadero político no es un personaje mentiroso por defecto, más bien por necesidad patriótica. Por su puesto, esto sin obviar descaradamente la frase del Nazareno que expresa: "Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libre." El verdadero político sabe manejar bien el arte de la mentira, sin embargo no abusa de tal recurso como lo hace la mayoría de políticos mediocres y raheces.  El verdadero político suele recurrir a la mentira cuando es necesario para preservar la Patria-Estado, porque todos sabemos que no hay Estado sin Patria ni Patria sin Estado.  El verdadero político es un individuo que ha nacido en las entrañas del pueblo, por tanto conoce el dolor del mismo a tal punto que se conduele de su gente procurándole obras de asistencia social a grandes escalas beneficiarias.

 

            El verdadero político es como un oasis en un desierto, entre tanta abundancia de:  lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia, soberbia, nuestro político, quien es además un tanto etéreo, se muestra: humilde, templado, caritativo, paciente, diligente, generoso, casto. Lo cierto es que nuestro político ha llegado a este nivel de alta conciencia porque él ha sabido controlar sus emociones y domar sus pasiones humanas. Nuestro político no es una divinidad, ni tampoco aspira a serlo, sino un personaje que ha llegado al cénit de la humanización, y esto lo hace distinto a la gran mayoría, y por decirlo así, un ser eminentemente ataráxico, es decir que ha conquistado la imperturbabilidad de ánimo y de temeros. Sin embargo, nuestro gran político no es un hombre estoico a ultranza, sino un ente de voluntad férrea para auto controlarse en todas las dimensiones sicológicas. Es hombre dueño de sus ímpetus carnales, árbitro de sus flaquezas humanas, y amo de sus más atroces de las aprensiones terrenales. 

 

            El verdadero político no excluye las religiones del mundo, las utilizas estratégicamente para los beneficios del pueblo. El político de verdad cree en un dios, pero no en una deidad de pasiones humanas como la han concebido por siglos los seres humanos. El político de verdad es un hombre enigmático en su credo religioso. En público, se declara un ferviente creyente de Dios, pero no sigue la parafernalia religiosa de la masa que raya en lo absurdo porque su mentalidad luminaria no se lo permite. El verdadero político reconoce que la humanidad precisa de la fe en un dios para amenguar sus vacíos existenciales, por lo que respeta íntegramente la forma sana como el hombre adora a sus ídolos religiosos. Sabe que la verdad es de todo y de nadie, por eso no repudia al judío, ni al cristiano, ni al islámico, ni al budista, ni a ninguna otra filosofía de vida, siempre y cuando no perjudique la paz del mundo. El verdadero político sabe que en materia de teología existen tres inmensas verdades: la tuya, la mía y la verdad, por eso, el verdadero político no suprime ninguna propuesta de fe religiosa, más bien analiza cada una de ella para mejorar su visión entorno a la vida y al destino de la humanidad. Para el verdadero político el taoismo, el budismo, el hinduismo, el shintoismo, el cristianismo, el confusionismo, el islamismo, y cualquier otro conjunto de creencias espirituales responden a todo un entramado de vivencias culturales de un pueblo y por ende todas tienen un fin supremo en la humanidad: llenar de beatitud el corazón del ser humano. De ahí que el verdadero político sea un hombre de un subrepticio sincretismo religioso, ya que en el cielo de su óptica filosófica caben todas las propuestas visionarias sobre la espiritualidad de la raza humana y su rol en el Cosmos.  

 

            El verdadero político estudia bien a sus adversarios como lo hace el médico forense con el cadáver. Cada detalle, por baladí que luzca, le da una gran importancia. Se afana en conocer las debilidades del contrincante para saber por dónde hacerle mella,  atenuarlo y finalmente excluirlo del escenario político. Sin embargo, el verdadero político no es hostigador, ni viola los derechos inalienables del ser humano, siempre que éste no atente con la vida de la Patria. El verdadero político no pierde de vista de que el hombre es un ser bueno por naturaleza, pero que el medio y la necesidad tienden a corromperlo, y por tanto llegan a ser malos y en muchas veces en enemigos de la paz social. Estos son las verdaderas bazofias del terruño amado, por lo que a estos individuos el verdadero político  debe encontrar el modo, o de rehabilitarlos para que lleguen a ser hombres de bien y servidores de la Patria, o de sencillamente aplicarles todo el peso de la Ley. Para el verdadero político la consigna debe ser para este tipo de gente: "O te unes a la Liga del Bien Patriótico o pagas con el ostracismo social."  

 

          El verdadero político se rodea de los mejores hombres de la sociedad, como se rodea el león de las bestias más fuertes del reino animal: elefantes, jaguares, serpientes, tigres, leopardos, panteras, cocodrilos, águilas… El verdadero político sabe rodearse  de todo un imperio de mentes sagaces y espíritus aguerridos. Elige a los mejores escritores, a los mejores científicos, a los mejores estrategas militares, a los mejores religiosos para que colaboren mancomunadamente con él y su proyecto de gobierno. Para tal caso emula la rígida eugenesia del concilio de ancianos espartanos, quienes tenían la difícil tarea de examinar a los niños recién nacido en el Pórtico, si éste no era lo suficientemente bello y bien formado, se le consideraba una boca inútil, por lo que se lo llevaban al Apóteta, al pie del monte Taigeto para arrojarlo al barranco. Nuestro político modelo sabe ganarse con su diálogo ameno y promisorio a estos hombres y mujeres brillantes. Sin embargo, si las palabras no le son suficientes, entonces, los convencen con el poder avasallador del dinero para que trabajen para el bien de la nación. Porque el verdadero político sabe que, en sentido general, el hombre es corrompible debido a su carácter hedonista y su actitud venal. Por otro lado, si las palabras melosas con sus prebendas, sumadas al poder del señor dinero no funcionan, entonces el verdadero político arremete contra el enemigo del Estado para luego arrinconarlo del poder público de algún modo; cuando no defenestrar al adversario de una vez y por todas. Y es que todo nativo debe poner su talento al servicio de la gloria de la Patria, de lo contrario se le debe considerar una fuerza retardataria y por consiguiente, infructuosa; que es lo mismo decir: enemigo ignominioso del progreso nacional. El verdadero político entiende perfectamente que en el ámbito político existen pocos amigos de la Patria, y una pléyade de hombres ansiosos de hacer fortuna a ultranza, por lo que para estos individuos el verdadero político debe agudizar el olfato a su mayor punto, con el fin patrio de no dejarlos sentar en las oficinas del palacio presidencial.  

 

            El verdadero político sabe diferenciar bien entre: utopía social y realidad social. Sabe ceñirse bien a lo real, pero sin dejar de intentar algo de fantasía, ya que de las ilusiones es que se alimenta el alma del pueblo; y porque el verdadero político sabe que los proyectos son primeros sueños y después virtual realidad. Por lo que, ambas cosas las sabe manejar a la perfección, de tal modo que al final de cuenta se pueda satisfacer los anhelos de la burguesía y los ensueños del pueblo. Desde el poder no es muy complejo ser parte de la corrupción si el político sabe legalizar sus fullerías sin dejar rastros, pero el verdadero político no cae en la trampa de los tentáculos de la vanidad y la degradación, por lo que se mantiene con su honra inmaculada. Sólo el falso político  se corrompe y hace que otros se corrompan, siempre y cuando su firma no aparezca en documentos oficiales que lo lleguen a comprometer de un modo bochornoso; para tales fines se vale de segundos corruptos y corruptores del tren burocrático y de aquellos individuos de las bajas esferas sociales, porque para tales actos de corrupción el falso político, zorro e inescrupuloso, no suele dejar pistas de depravación en su gestión. Sabe jugársela como lo hizo Poncio Pilato con los fariseos y el pueblo cuando quería que fuera copartícipe de la sentencia de muerte del Nazareno. El falso político deja que los verdugos del Estado se enriquezcan de a poco, pero dentro del marco de la legalidad que el mismo grupúsculo ha diseñado, porque también robar es un arte, pero como son actos ilícitos deben ser bien balanceados. Entorno al falso político gravita a todo vapor un sistema putrefacto de maldad y bajeza.  

 

          El falso político perfuma todos sus discursos de adjetivos amañados para hipnotizar a la masa, la cual tiende a contentar ladinamente con refrigerio, música y el espectáculo del momento. ¡Placeres a granel! El verdadero político elige con admirable meticulosidad las palabras exactas para sus discursos y nunca excluye de su vocabulario las siguientes: paz, patria, Dios, libertad, progreso, héroes. Es un orientador del pueblo, los educa con sus palabras, los guías por la senda del bien, de la unidad y del amor mutuo. El verdadero político no espera estar en víspera de elecciones electorales para tratar de comprar la conciencia del pueblo con prebendas, pavimentación de calles, remozamientos de parques, otorgamientos de títulos de propiedades y viviendas, porque todo esto es parte prioritaria y constante de su agenda de gobierno. El verdadero político invierte un buen porcentaje del presupuesto nacional en el pueblo, porque sabe que no tan sólo de palabras vive un pueblo. El esfuerzo del pueblo y su apoyo hacia el político debe traducirse en beneficios tangibles para el conglomerado. Sin embargo, el verdadero político no es un sujeto derrochador, para tal caso hace reunir a su equipo económico con el propósito de verificar cómo está la realidad financiera de la nación y la del mundo. En base al examen de esa realidad económica y financiera, el verdadero político pasa al segundo plano de su gestión gubernamental, las prioridades del pueblo. El político cuerdo no tan sólo construye las infraestructuras importantes en el momento, sino que las hace equipar de lo necesario y hace entrenar bien al personal que las dirigirá, tomando en cuenta los más altos estándares de servicio al cliente.

 

            El verdadero político asiste a las homilías de la religión oficial de la nación. Escucha con atención todas las palabras de las autoridades eclesiásticas, por si le tocase decir algo, saber por dónde empezar. En este tenor un político sabio nunca desaprovecharía la oportunidad de ofrecer y cumplir una obra comunitaria para equi sector por que así le fue revelado en su sueño de líder patrio. Sin embargo, el verdadero político nunca busca que se le otorgue algún aura de iluminado o guía espiritual, sino simplemente servir al pueblo desde todas las aristas sociales. El verdadero político reconoce que la Iglesia es un poder influyente en la mentalidad del pueblo, por lo que mantiene siempre unas relaciones armoniosas y de cooperación con la misma. De igual modo, no desdeña a las sectas religiosas, sino que las apoya y las incorpora a su mesa redonda de colaboradores públicos. 

 

           El verdadero político nunca pierde la oportunidad de pactar estratégicamente con otras naciones poderosas. En el marco de los conflictos internacionales funge como intermediario de problemas, pero con un sesgo natural al más poderoso. Como conocedor de la Ley de Causa y Efecto sabe que el poder de cualquier imperio no es eterno, por lo que se sostiene de él, pero no pierde de vista al potencial imperio sucesor, de tal manera que con estos también se relaciona de un modo sagaz. El verdadero político ve el mundo como un terrero con niños beisbolistas de diferentes estratos sociales: uno de esos niños es dueño del bate y la pelota, otros dueños de los guantes y el papá de uno de ellos es el propietario del terreno donde se suele jugar; con todos ellos hay que estar un buenos términos de amistad y reciprocidad, de lo contrario se acabaría la diversión. No obstante, el verdadero político sabe que no de toda grupo internacional se debe formar parte, aunque sí corroborar desde afuera con la paz mundial. El mundo está fragmentado en bloques que protegen unos intereses específicos y otros que exigen reformas sociales, políticas y económicas de corte revolucionarias, por lo que el verdadero político no debe integrarse públicamente a ningún grupo a la ligera, sino después de haber consensuado con los pensadores de su gabinete sobre qué es lo que más le conviene a la Patria en el momento.    

 

            El verdadero político invierte en educación, ya que para poder competir con las demás naciones se necesita de los prodigios de la inteligencia humana. Sabe que del ignorante primero se burlan de él y luego lo esclavizan. El verdadero político sabe que el analfabetismo es una ignominia nacional, que a la larga le causarán estragos a su propio poder, por la razón de que el político no ha sido capaz de formar a su pueblo para honra de todos. El político sabe que un pueblo que es mentalmente pobre es un pueblo que cae en el caos y en el atraso. El político sabe que un pueblo bárbaro es producto de un líder de mentalidad cavernaria cuando no rapaz.  

 

            El verdadero político invierte en salud, y en este punto el político sabe que un pueblo débil en lo corporal es una nación poco productiva y poco apta para defender el suelo patrio de los invasores. Por eso el verdadero político se dedica a trabajar intensamente en programas efectivos de asistencia médica para su gente. No escatima esfuerzos para lograr que todos los habitantes tengan acceso a medicina de buena calidad. Además el político hace que los mejores científicos investiguen las mejores formas de cómo contrarrestar los brotes de enfermedades que surjan en el medio. Invierte en la ciencia  médica para que en conjunto con otros científicos del planeta conciban curas para las enfermedades más mortíferas del planeta, ya que el político no es tan sólo líder de una tribu, sino de todo el conglomerado externo, porque lo de afuera tiende a perjudicar lo de adentro, ya que en el fondo somos una sola tribu, cohabitando bajo un mismo techo.   

 

            El verdadero político invierte en alimentación, porque sabe que el ser humano hambriento baja su capacidad de razonamiento a su más mínima expresión. Sabe que un pueblo con hambre puede constituirse en la peor amenaza para la sostenibilidad de su hegemonía. El verdadero político comprende que si implanta políticas fiscales desfavorables para el pueblo atentando de este modo con la canasta familiar, sabe que esta flagrante traición al pueblo nunca le será perdonada. El verdadero político está al tanto de que un pueblo pueda que con el tiempo olvide uno que otro yerro administrativo, menos que atente con el estómago de ellos. El hambre y la falta de recurso para enfrentarla es una de las razones incuestionables de la delincuencia.

 

          El verdadero político invierte en tecnología y hace que la misma llegue a todos los estratos sociales, poniendo mayor énfasis en que este beneficio llegue a la clase marginada. Y es que el verdadero político sabe que ningún nacional de ser excluido de la red de la Informática, porque el podría estar excluyendo a un genio en potencia del área. El verdadero político reconoce con gran sapiencia que la tecnología es una catapulta para poner a la nación al nivel de las demás con el fin de superarlas. Es de lo que valora la interné como la magna biblioteca del tiempo moderno, pero sin sobrevalorarla en su justa medida. Aunque el verdadero político reconoce que el mundo gira entorno a la filosofía del maniqueísmo computarizado, y que en apariencia el mal parece estar ganándole al bien, no deja de priorizar la transformación del currículo escolar de la Nación, modernizando las aulas de las escuelas con la computadora como instrumento de gran envergadura instructiva.   

 

          El verdadero político invierte en sus fuerzas armadas, porque sabe que las guerras nunca nos abandonarán. El verdadero político sabe que no hay un país en el mundo que se le escape a las amenazas y abusos de otras naciones prepotentes. Sobre todo si el terruño amado es portador de grandes recursos naturales que aportan grandes riquezas al portador de las mismas, o bien que la nación esté en un punto estratégico para operaciones militares propias de países que ostentan la hegemonía del mundo. El verdadero político no pierde de vista que en el corazón de hombre palpita la belicosidad de modo incesante; por lo que no pierde tiempo en hacer eficaz y modernizar a sus fuerzas armadas. A pesar de esta actitud proactiva, el verdadero político es un ser humano que busca a toda costa la paz entre las naciones, porque sabe que las guerras son episodios tristes, productos de sicologías resentidas y con grandes vacíos existenciales.    

 

            El verdadero político tiene una familia, porque entiende que la sociedad se compone de esta primogénita célula, generadora de otros elementos sociales que luego llegan a conformar el grueso social de un territorio. Sin embargo, el político sabe claramente que tener una familia es un punto débil por donde suele atacar la oposición, para tal fin el verdadero político entrena a la familia al respecto. Le indica a cada miembro lo que debe contestar cuando surjan del público las preguntas más comprometedoras y qué actitud adoptar en diferentes escenarios de la vida social. Además les advierte que un escolta no es garantía de vida, por lo que cada quien debe cuidarse por sí mismo y seleccionar muy bien los amigos. El verdadero político jamás pierde de vista en los tiempos que se vive, por lo que sabe que intentar implantar una dinastía o un reinado con sus vástagos es tan improcedente como detestable. El verdadero político no involucra a su familia en asuntos políticos, sino que  ubica a cada quien en el lugar para el cual la misma naturaleza lo ha dispuesto. El verdadero político es conocedor que un líder carismático no se impone, sino que es producto de sus propias destrezas inmanentes y una voluntad trabajada y sostenida. El verdadero político no comete el error de darla la dirección de la Secretaria de Estado de Salud a un hijo suyo, cuando éste es un inepto para tales fines. Y es que el verdadero político no pone en juego pone en juego el futuro de la nación ni tampoco su reputación de hombre sabio. El verdadero político vigila a sus vástagos, basado en el postulado de que: aquel que no es capaz de poner freno a su propia familia, tampoco será capaz de controlar a una nación.  El verdadero político no priva a sus hijos de las comodidades de los tiempos, pero tampoco los deja que caigan en extravagancias  propias de criaturas juveniles y de actitudes hedonistas. Una borrachera de un hijo es una debilidad que aprovechara la oposición para atacar y debilitar al verdadero político.  

    

            El verdadero político no cae en trampas de faldas; porque sabe que han sido muchos los hombres cuyo poder ha sucumbido por motivo del placer sexual deshonroso. Por esta razón, cuando el tiempo lo requiera, el político desposa a una compañera por amor y que a la vez aplaque esa necesidad sicobiológica durante la etapa de la fogosidad de entrepiernas. Ante la realidad de un estadista el político debe saber que: o se es líder íntegro o se es un Don Juan, esto último puede hundir al hombre más veterano del planeta, como lo hizo Dalila con Sazón. El verdadero político sabe que detrás del regalo de unas nalgas tersas y dispuestas a todo, puede estar las manos negras del adversario, quien buscará a toda costa el menor desliz del verdadero político para desacreditarlo ante la opinión pública y luego darle el golpe de gracia, aniquilarlo de una vez y por toda del poder de Estado. Para tales fines de sensatez, el verdadero político evoca la historia de la ranita aquella que queriendo cruzar una calle de mucho tránsito vehicular, un carro le aplastó la nalga, y cuando ésta se devolvió a recuperar la nalga, otro carro le aplastó la cabeza, de lo que surge la sabia moraleja: "Nunca pierdas la cabeza por una nalga."   

 

            El verdadero político utiliza todos los medios de comunicación para difundir su imagen, sus pensamientos que siempre son un perfecto sincretismo de opiniones realistas y optimistas porque sabe que el pesimismo no le suma, sino que le resta votos. Se afana en todo momento por crear una mística inquebrantable entre el pueblo y él. Cuando un pueblo se identifica con un hombre, tienda a dar su sangre por él. Por tal razón el líder debe procurar ser un ente carismático, un ícono social. No obstante, el verdadero político no se da ínfulas de su popularidad, porque esto le sustrae prestigio, sino que recurre a uno de los valores humanos más cotizado por los seres humanos, la humildad. La sencillez hace lucir a un hombre un ser que vive en otra dimensión sicológica, esto lo diferencia de la mayoría trivial. Por su puesto que el verdadero político no puede adoptar una actitud cínica como lo hacía Diógenes, el filósofo griego que vivía en un tonel; y que en cierta ocasión se deshizo de una cántara que llevaba en bandolera porque vio a un niño beber agua en la cuenca de las manos. Siempre lo sostendré, la felicidad radica en el punto medio de las cosas; en este caso, el verdadero político no debe ser ni muy estrafalario, ni muy menesteroso en el protocolo.  

 

            El verdadero político lee libros, pero no para alardear de su acervo cultural, sino porque sabe que quien se propone dirigir hombres debe ser un persona de mente clara y brillante. El verdadero político está convencido que la lectura de temas enciclopédicos es el alimento del cerebro. Nada hay tan abominable como un dirigente político fatuo. El pueblo que fía las cosas del Estado a un hombre de mente inepta, es merecedor de que caiga en las garras prensiles de cualquier imperio invasor. El verdadero político es mitad filósofo y mitad humano. Esto obviamente se obtiene a través de los estudios. El hombre de lectura mantiene la mente más abierta a las más intrincadas trampas de los demás. Es un personaje de entendimiento a escalas mayores, a tal grado que, merced a su alto grado de conocimientos, muchos recurren a él para escuchar su sabiduría como lo hacían los griegos ante el oráculo de Delfos. El hombre de lectura tiende a ver el mundo desde otra perspectiva más ilustrada, sin perder la objetividad. La lectura saca al hombre de su inopia mental y lo trasforma en un ser más humanizado. Los libros bien interpretados y aplicados a la vida para el bien común motivan a los demás a trillar el mismo camino que el ejecutor de las sapiencias aprendidas. De este modo, el verdadero político tiene una amplia colección de libros de todos los temas que nunca debe ni regalarlos, ni donarlos ni prestarlos, porque los mismos son el alma misma de su formación como líder iluminado.  

 

        El verdadero político es un líder situacional, es decir, todo guía debe proceder según como se presentan las circunstancias, no obstante sin llevar sus decisiones a los extremos, ya que no es juicioso que en un ambiente de disturbios sociales el político dé la orden de eliminar físicamente a los sediciosos y facinerosos. El verdadero político nunca viola los derechos inalienables de los seres humanos. Sólo cuando el individuo subversivo atenta con la integridad del Estado es justificable la pena capital, pues a nadie se le puede indultar el perjurio o el atentado contra la sacra estabilidad y continuidad de la Patria. Hay momentos en los que el verdadero político está llamado a gobernar con mano dura, y es cuando el mismo pueblo está infestado de gente irrespetuosa de la Ley, gentes desordenadas e inmorales. El juicio del verdadero político no es veleta que se deja arrastrar fácil por las ráfagas de vientos, sino que sabe por donde dirigir la nave, a pesar de que el viento la quiera arrastrar hacia otros lugares  inciertos. De ahí que se debe apelar a la conciencia para determinar cuál debe ser la postura correcta que conviene asumir ante las situaciones.

 

          El verdadero político sabe escuchar los clamores del pueblo. Nunca desdeña sus reivindicaciones, sino que las atiende con presteza y verdadera vocación de servicio. Jamás ve al pueblo como a una masa acéfala y mendigante, sin voz ni voto. El verdadero político abre su oficina a la gente humilde y no los deja ir con las manos vacías, porque sabe que lo que los erarios que existen en el arca del Estado no son tan solo para construir calles, puentes, edificios y pagar sueldos de empleados público, sino que es un dinero que se debe poner en beneficio del más necesitado. Claro está que el verdadero político no hace de su oficina una institución de donación pecuniaria, nada de esto, para todo, el verdadero político crea un programa selectivo para ayudar a los más apurados. Es importante que se entienda que cuando digo abrir la puerta de la oficina que se sepa que no se expresa en un sentido literal. La asistencia social debe estar siempre dentro de las prioridades del verdadero político.    

 

          El verdadero político, sabe y reconoce que tiene que bregar esencialmente con dos clases sociales que siempre estarán sobre la faz de la Tierra, mientras ésta exista: la clase pobre y la clase rica. Este político nuestro, flor y nata del grupo mayoritario, nacido y criado en las entrañas del pueblo, tiene presente la frase popular que reza: "Solo hay dos clases sociales en este mundo: los que nacen para matar (los ricos) y los que nacen para morir (los pobres)." A pesar de que el mismo Nazareno anunciara una vez que los pobres siempre los tendréis con vosotros, no es menos cierto que la brecha de diferencia económica que media entre ambas clases sociales se puede acercar cada vez un poco más. Alguien dijo una vez que hay dos artes difíciles en la vida: el arte de educar un pueblo y el arte de gobernar a un pueblo. El verdadero político no tan solo existe para gobernar a un pueblo, sino también para educarlo, disciplinarlo, crear conciencia en ellos, humanizarlo y sin exagerar para divinizarlo: Moisés, Jesucristo, Alejandro Magno, Buda, Mahatma Gandhi, Abraham Lincoln, Juan Pablo Duarte, han sido grandes líderes de masas. Líderes carismáticos, líderes de actitud recia, líderes que inspiran respeto y admiración, porque antes de dirigir a otros ellos mismo ya estaban educados, disciplinados. Y es que nadie que no esté educado puede educar.        

 

            El verdadero político es un ser asequible en la medida de lo posible. Aunque no seamos ingenuos, la figura de un político influyente es un blanco fácil para los secuestrados y los adversarios. Esto está más claro que el agua, pero el verdadero político a pesar de tener su escolta y tomar las medidas de rigor para la integridad física del mismo, no pasa por alto que él es un hombre del medio social, es un hombre de servicio y por tanto no debe andar a hurtadillas por temor a que le pidan algún favor económica o alguna prebenda. La sacrosanta misión de todo político es y será siempre la misión de servir a su pueblo, y no la de escondérsele a su pueblo. El político es un individuo público, nunca privado. Quien se dedica a ser político nunca debe pasar por alto este detalle.  

 

            El verdadero político tiene la edad promedio para dirigir los destinos de su nación: ni muy joven porque tiende a pensar y cometer sandeces, ni muy viejo porque en muchas ocasiones se manifiesta de mente muy obtusa ante la modernidad. Si es cierto que la madurez de pensamientos es producto de un equilibrio de edad promedio, no es menos cierto que se dan casos de políticos muy jóvenes quienes muestran una capacidad reflexiva arrolladora, así como existen políticos viejos quienes, a pesar de haber vivido varias generaciones, su recepción para las ideas no se ha añejado como sus cabellos. De cualquier modo estas son contadas excepciones. Lo cierto es que la naturaleza no suele conceder privilegios a los humanos en cuanto a comportamiento mental se refiere. En este mundo es fácil encontrar a hombres jóvenes con pensamientos maduros, pero cuya conducta se convierte en la ignominia de su carrera política. La juventud es rebelde y alocada. La juventud es voluptuosa y quimérica. La juventud es descuidada y hedonista. En cambio la vejez es huraña y retrógrada. La vejez es reacia y estática. Para gobernar se necesita un sincretismo de la filosofía de ambas edades. Los extremos son y serán, en toda ocasión, perniciosos. En una guerra inminente, el político joven pueda que diga sin medir las consecuencias de su orden irreflexiva: "¡Ataquemos a los malditos!" Y es probable que en una guerra inminente es probable que el político viejo exprese: "¡Si nos atacan, lo atacaremos, esperemos pues!" Lo cierto es que en una posible guerra cualquier decisión vertiginosa y/o moratoria puede tener consecuencias devastadoras para la patria, por lo que las decisiones deben ser evaluadas una y otra vez, con el fin de ponderar las posibles pérdidas o las posibles ganancias. Para todo en el Estado se necesita de una mente equilibrada y abierta a la realidad del momento.     

 

          El verdadero político es un ente sencillo. El hombre de virtudes prescinde de todo aquello que sea superfluo para su felicidad. Una vez en el poder, el verdadero político evita lo ostentoso de la burguesía y lo trampantojo de la residencia, porque al fin y al cabo todo esto es vanidad. El pueblo no le cree al político que derrocha el dinero de todos en lujos desproporcionados. El pueblo desdeña al político que predica la humildad de los actos y su propia vida es puro lujo. El pueblo cree, admira y apoya al político que se confunde entre ellos, sin necesidad de habitar en una vivienda en algún barrio. Siempre lo sostendré: los extremos son peligrosos. El verdadero político no debe ser ni muy vanidoso que la gente lo llegue a odiar, ni muy ingenuo que el político vaya a caer asesinado en las manos de cualquier vagabundo de la calle.

 

            El verdadero político no es sexista, le da la importancia que el sexo opuesto merece. Porque sabe que no existe diferencia de inteligencia en el hombre y la mujer, sino diferencia de fuerza física. Sabe que el Universo ha proveído a ambos sexos de virtudes que se complementan de manera fabulosa. De este modo, el verdadero político le da una equitativa cuota de participación a la mujer en el poder, ya que ella constituye la fuerza de equilibrio en el estado de derecho de una nación. Y es muy posible que la mujer sea mejor administradora de las cosas públicas que el mismo hombre. Es muy probable que existan menos guerras entre las naciones si las mujeres estuvieren mayor participación en las opiniones del Estado. Estoy más que seguro que la mujer representa el equilibrio del universo del hombre, porque su delicadeza ante las realidades de este mundo las hace merecedoras de una mayor y equitativa cuota de participación en la dirigencia del mundo que nos ha tocado habitar.

 

            El verdadero político mantiene unas relaciones internacionales sanas y próvidas con las demás naciones del mundo.  Se enfrasca en un periplo sostenido, acompañado de una comitiva de políticos astutos y comedidos en la palabra. Dicha comitiva le servirá de censor político. El verdadero político comprende que su presencia física en los foros de política internacional es de suma relevancia para conquistar ciertas alianzas benéficas para la Patria. En verdadero político es capaz de deslumbrar a un público heterogéneo con la magia de su dialéctica. Es el vector de la verdad expuesta con circunspección. Es la balanza de las situaciones que afectan al mundo. Es un ser innovador en la administración pública, para lo que convoca a su equipo de tecnócratas con el fin de disertar entorno a los temas puntosos como: la adopción de una moneda de mayor  poder adquisitivo, la cual reduzca el riesgo de cambio, que elimine los costes de conversión, que aporte flexibilidad y liquidez en los mercados internacionales. El tema de la globalización: sus ventajas y desventajas, el calentamiento global: las medidas que se deben tomar y ejecutar para ser parte de la solución y no parte del problema. El tema del uso racional del petróleo: concienciar a la nación de la realidad de escasez del líquido negro y buscar alternativas a corto, mediano y largo plazo para acostumbrar a la población a otro estilo de vida inminente…

 

         El verdadero político hace acto de presencia en el lugar de los hechos cuando una tragedia abate algún lugar del país. El verdadero político lleva consuelo a los afectados y damnificados, pero también lleva soluciones concretas a esa gente. Sin embargo, como existen tragedias inevitables productos de fenómenos naturales: terremotos, ciclones, erupciones volcánicas, tornados, sequías, etc, para las cuales sólo nos resta apelar a la misericordia de la Providencia; hay otras que son lógicamente salvables, como las de aquellas masas empobrecidas que se van a mal vivir en las riberas de los ríos, cuando no, en hondonadas, para tales casos el verdadero político debe crear un plan de asistencia social para esas personas, es decir acomodarlas en un lugar seguro y propio, pero el verdadero político también debe crear y promulgar leyes de medidas que prohíban futuros asentamientos poblacionales en tan extremos lugares por parte de personas que recurren a triquiñuelas para buscar beneficios del Estado. Para uno y otro caso el verdadero político debe mostrar generosidad para con los caídos y mano dura para los necios.   

 

    El verdadero político no descarta jamás las propuestas de los demás, las escucha muy detenidamente, pero no se deja llevar por las pasiones que surgen del momento de la presión social, sino que medita todo el tiempo que requiera el caso con el fin de no externar su parecer a la ligera. El verdadero político tiene un desarrollado sentido del olfato para las ideas ajenas. Nunca subestima la condición social de quien la expone, porque sabe que si viene de un ciudadano del pueblo, éste hablará por lo regular con el corazón en la mano. El verdadero político no descarta que de su mismo gabinete de colaboradores, pueda que escuche opiniones como la de Judas Iscariote, que sólo busca beneficios sórdidos para sí mismo o para un grupo. Por este motivo el verdadero político pondrá a prueba constante la integridad de su anillo palaciego, sin recurrir a artilugios soeces, porque se sabe que el carácter de la generalidad humana es venal por necesidad y por defecto.

 

            El verdadero político es madrugador. Tiene el instinto del gallo que al rayar el alba empieza el día cantando. Porque el verdadero político hace suya la frase popular de que: "Quien madruga, Dios ayuda." El verdadero político sabe que montarse en el tren burocrático es simplemente servir a un pueblo, porque la política se debe ejercer exclusivamente para este fin supremo, no para bañarse en el mar del hedonismo. En tal sentido el verdadero político sabe que en el ejercicio de poder público él no debe considerarse el jefe supremo de la nación, sino el servidor supremo de la Patria, porque la política es ética ante todo, y como ética debe buscar el bienestar social a toda luz.

 

            El verdadero político sabe reprimir sus pasiones humanas cuando así lo exige el momento. Contiene su ira, porque sabe que sólo los hombres pobres de espíritu actúan empujado por los instintos. El verdadero político es parco en el hablar y en el actuar. Dice lo que debe en el momento correcto. Es amante del silencio porque sabe que el mucho hablar está el pecado. Antes de emitir un juicio ya lo ha sopesado varias veces en su mente. Evalúa los efectos sicológicos que pudieran tener en la masa sus opiniones sobre equi tema. El verdadero político es paciente como el búho y sagaz como la cobra.    

 

            El verdadero político hace enmiendas a la Carta Magna del Estado, tomando en cuenta los tiempos nuevos en que se vive. La modernidad se debe reflejar también en el diseño de nuestras leyes nacionales. Sin embargo, el verdadero político no convoca una asamblea nacional con el fin de enmendar la Constitución del Estado con fines politiqueros, ya que nadie debe anteponer el bienestar de la Patria a sus intereses personales y ruines. Una reforma a la Ley de Leyes debe responder siempre a los intereses de la Patria, nunca a la putrefacta ambición de un grupo de politiqueros protervos.

 

            El verdadero político es amante del mejor de los sistemas políticos de la Tierra. No el comunismo que deriva en la dictadura o en la anarquía, fruto de la práctica de los pecados capitales, no el capitalismo que se enmascara de una democracia esclavizante, no en un socialismo que se enferma de un centralismo autoritario, no en la teocracia que mientras impone su credo religioso, se va enriqueciendo con la fe en detrimento de la gran mayoría, la que día a día cree menos en el dios de pasiones humanas que ellos dicen adorar, como los dioses paganos de la antigua Grecia, no en un república de representantes explotadores y mentirosos, no en una monarquía parlamentaria xenófoba y resentida, no en un conservadurismo rancio y retardatario, no en un neoliberalismo entreguista y lambiscón del poderoso, sino en el sincretismo de una democracia horizontal, flexible y directa que no sea ciega, sorda y muda ante la pésima distribución de las riquezas, e irracional ante la justicia, al bien y a la verdad. Si el político que elegimos para que sirva al pueblo no ejerce el poder público desde esta perspectiva humanista, pueda que sea cualquier cosa, menos un verdadero político.

 

 

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Comentarios

Alex Zuloeta Guerrer Alex Zuloeta Guerrer

sabes hoy en dia los politicos, de talla como me acabas de mencionar se estan extinguiendo, a lo que muchos buscan si interes propio, en aprovecharse de los recursos, del pueblo se aprovchan de la desinformación del pueblo, y muchos otros aspectos, quisiera yo como joven tratar de hacer un reingeneria, en estos lares ya que mas que un imperio de mentiras y de falsos, politicos que van profanando la verdad de un pueblo, bueno esto me motiva a lucha no con sangre ni con armas, si no con el conocimiento ya que mi trsite realidad es haver naciedo en un país sonde la injusticia persuade y existe, sonde las leyes estan de adorno,, y todo es caós, es hora de tratar de cambiar y eso nos compete a nosotros los jovenes, que debemos dar el primer paso, una lucha con propuestas, una lucha con el conocimiento con un meta a donde llegar, una lucha noble e ideal, bueno espero tu respuesta amigo.... gracias por tus escritos... estan propisios para esta ocasion que despierta mi desacuerdo con este sistema!!!

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Jhovanny

Jhovanny escribió esta anotación hace 2 meses. En ella habla sobre Reflexiones.

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