YO NO LO MATÉ, FUE UN ACCIDENTE...
Yo no lo maté, fue un accidente...
Jhovanny Marte Rosario
14 de octubre de 2007
9:05 p.m.
"La rabia de los celos es tan fuerte
que fuerza a hacer cualquier desatino."
Cervantes
Yo era feliz con él, hasta aquella noche que lo encontré con otra. Entonces no me contuve. Los celos me entorpecieron la razón y quise asesinarlo con una daga, pero yo no lo maté, fue un accidente...
Él fue ese tipo de hombre con quien cualquier mujer, digna de su alcurnia, hubiese deseado casarse: atractivo, amoroso, educado, detallista y con un sueldo decente. A mí, lo que más me atrajo de él fue ese halo de misterio en el que siempre se envolvía como ser humano. No lo niego, la curiosidad de conocer más de él fue lo que me arrastró al abismo de mi más lacerante decepción amorosa.
Corría el año de 1961. Yo para entonces frisaba la edad de 35 años (4 menos que él). Como mujer de edad madura me sentía en el umbral de la vejez y deseaba a un hombre a mi lado, pero no cualquier hombre, sino uno que me amara, que tomara en cuenta mis sentimientos y que jamás me cambiase por otra -mi mayor temor en la vida-.
Era el primer día de clases en la universidad. Yo al igual que los demás estudiantes esperábamos a nuestro primer profesor del día. La sala estaba cargada de un rumor ensordecedor, hasta que él entró, a grandes trancos con maletín en mano, el cual de inmediato colocó sobre el escritorio. Luego extrajo un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta negra, se secó el sudor de la frente y las sienes, miró el salón de clase de hito en hito, aclaró la voz y dijo:
-Nadie quiere morir como es lógico, pero estoy seguro que la mayoría de ustedes, en alguna ocasión, le ha deseado la muerte a alguien. Cada quien tiene sus razones para adoptar tan reptil actitud. Sin embargo, el ser humano tiene dos muertes: una corporal y otra espiritual. Un médico forense es el detective de la primera. Lo demás, déjenselo a Dios.
Todos nos volvimos los rostros, extrañados, con tan inusual presentación. Él por su parte se acercó lo más que pudo al centro de la primera línea de estudiantes, nos echó una mirada por encima de sus lentes y expresó:
-Mi nombre es Carl Cooper Batistte. Soy su profesor titular de Medicina Legal y Forense. Yo les enseñaré a descifrar las causas reales de la muerte de alguien.
No sé cómo explicarlo, pero desde que lo vi franquear la puerta del salón, me enamoré de su apariencia tan bien cuidada, luego de su timbre de voz tan suave y sensual, para terminar de ser flechada por su gracia y empatía.
-¡Profesor! -Se dejó oír una voz de repente. Todos volvimos la mirada atrás, casi de manera sincronizada. Era una mujer hindú (deduje su nacionalidad por el bindi azafrán que le vi en la frente).
-Díganos, señorita -correspondió el catedrático con amabilidad.
- ¿Es cierto que Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel robaban cadáveres para estudiar sus anatomías con más precisión? -inquirió con una mirada diagonal.
-Así dicen los libros, señorita -respondió él, entusiasmado. Luego esbozó una sonrisa con marcada connivencia.
-¿No es esto una profanación a la memoria de los difuntos, profesor? -conminó alguien más de los presentes.
Tras el asedio de la pregunta devino un momento de silencio. Él suspiró con profusión, volvió sobre sus pasos, se sentó en el borde de su escritorio, giró las pupilas de izquierda a derecha y con un aire grandilocuente, replicó:
-Arrancarle el hálito de la vida a un ser humano es un acto tan abominable como punible, bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, hacerse cargo de los despojos mortales de alguien, examinarlos, descubrir la incógnita de su muerte, sostener un diálogo sosegado con la materia inerte: purificarla, embalsamarla y finalmente mimarla es, señores, un arte reservado tan solo a algunas almas valientes de este mundo. Así pues, como el poeta se inspira en la sutileza de la primavera y forja su etérea poesía, el cantor se embriaga con éxtasis y gorjea como pajarito su lírica, el pintor se enajena de un paisaje subliminal y con los colores de su paleta lo plasma en un lienzo... El médico forense se inspira con la mudez y el frío del cuerpo sin vida, limpia su interior de las corrompidas vísceras, tonifica la piel cetrina con maquillaje y honra su espíritu con mirra, óleo y amor...
Todos quedamos pasmados ante tan asombrosa contestación. De modo que nos pusimos de pie y lo aplaudimos con mucha deferencia. Empero mi admiración se desbordó del pecho y se convirtió en esa sustancia espiritual que hace hinchar el corazón hasta dejarlo embobado. Era un llamado al amor. Cupido me jugó sucio.
Como el agua no va al animal sediento, sino al revés. En los días postreros me propuse conquistarlo y merced a mis atributos femeninos y a mi sagacidad bruñida por la experiencia, él acabó por fijarse en mí como lo hizo el emperador Julio César ante la reina de Egipto, Cleopatra. Carl nunca se había casado ni tampoco tuvo hijos. Sólo experimentó uno que otro idilio, según él. Algo un tanto inusual en un hombre de su porte y virtudes.
Un año y algo después contrajimos nupcias. Mi matrimonio fue lo que se puede decir: el sueño de toda mujer. Como dije al principio, Carl fue un ejemplo de marido: hogareño, detallista, adoraba a los niños, le encantaba cabalgar en el bosque, buen amante en la cama, (aunque algunas noches no se mostraba tan dispuesto a la intimidad). Yo, por mi parte, respetaba esa desgana sexual y lo comprendía, haciendo caso omiso a un precepto tántrico el cual enseña que hacer el amor no es tener sexo. Todo de él me fascinaba excepto el lugar donde trabaja: la morgue. Debido a mi repugnancia hacia los cadáveres, descubierta luego, deserté de la carrera de Medicina y, por su puesto, no iba a visitar a Carl a la morgue ni por asomo.
Como mujer llegué a pensar que lo que mantenía a raya a las mujeres de él era su profesión de patólogo. "Es difícil convivir con alguien que manosea tantos cadáveres." Conjeturaba, buscándole una respuesta lógica a mi aprensión. El único motivo que tuve para celarlo fue por causa de Susana, la vecina de al lado. A pesar que, hasta donde supe, ella nunca mostró estar interesada en él, quizás por la misma razón que expliqué, o tal vez por temor o respeto a su esposo. No lo sé. De cualquier modo, la duda me vino porque Carl pasaba ratos acodado de la ventana que daba al patio de ella, donde ella solía invertir gran parte del dia atareada en su huerta. Ni de él ni de ella hubo nunca un rastro de flirteo. Sin embargo, mi instinto de mujer me hacía creer algo diferente, motivada tal vez por ese sesgo natural que muestran los hombres hacia la infidelidad. Entonces empecé a no creer mucho en lo del hogar perfecto y puse en entredicho la integridad de él. En consecuencia, recurrí a la invasión de su territorio personal, picada por la curiosidad. De este modo desencadené un espionaje intenso: revisaba su cartera a escondidas en busca de alguna carta o foto que lo delatara, examinaba los cuellos de sus camisas tras los rastros de alguna mancha de pintalabios, repasaba la lista de llamadas telefónicas que aparecían en la factura del teléfono, y seleccionaba algunos números telefónicos para luego llamar y comprobar si la persona que fuese a contestar iba a ser alguna mujerzuela, pero nada. Llamaba a su secretaria con frecuencia para preguntar por él, y siempre estaba en su lugar de trabajo. De ella no tenía sospecha porque era una mujer ya entrada en edad y de un aspecto físico no muy atractivo. En varias ocasiones hice que mi mejor amiga se hiciera pasar por una dama enamorada de él para tentarlo y ver la reacción que fuese a tomar, pero de plano le contestaba que era casado. Hurgué en cada rincón de su estudio, en donde pasaba largas horas engolfado en lecturas sobre anatomía humana, pero sólo logré topetarme con uno que otro ratoncito. Todo estaba bajo aparente orden. Mi hombre seguía siendo perfecto ante las evidencias de su lealtad.
Una noche, escuché un bullicio venir de la casa de Susana. Me acerqué a la ventana para husmear lo qué ocurría. "La asaltaron y me la mataron." Escuché que dijo bien clarito el esposo de ella. "¡Por Dios!" Me dije, asustada. La noticia me provocó tanta tristeza que me armé de valor y fui a contarle a Carl lo de la tragedia. No sé aún con qué objetivo específico fui a decírselo, quizás porque, en el fondo, ella era la única mujer con quien lo llegué a celar y de algún modo quería desagraviar mi ojeriza hacia ella. ¿Ruindad? Tal vez. No lo sé.
Llamé un taxi y llegué a la morgue de la clínica en la que él fungía como director desde hacía unos meses atrás. Llovía esa noche. Había poca gente en la calle. Cuando llegué no encontré a la secretaria. El lugar estaba casi desolado. La desconfianza volvió a cernerse en mi mente. El ambiente pudo haber sido creado por él mismo para recurrir a su acto de infidelidad con alguna enfermera, por lo que actué con sigilo. Bajé a la morgue a hurtadillas. El ambiente era horroroso, las paredes estaban salpicadas de cuajarones de sangre, los que probablemente fueron a parar allá impelidos por el filo de la sierra cuando hacía crujir los huesos de los cadáveres. El olor fortísimo a aceite de trementina y cinabrio regado en todo el lugar me provocaron algunos vértigos, de los que me sobreponía al instante. Toda esta atmósfera roñosa estimulaba a mi corazón a que latiera de manera acelerada. Casi no llegaba a vislumbrar el escenario de las toberas, donde los cuerpos eran reducidos a pavesa. Sólo la fosforescencia de una luz que se filtraba a chorros por los ventanales, me servía como guía para mis vacilantes pisadas. Por un momento estuve al punto de desmayarme, aterrada por la escena tan escalofriante que se percibía en aquel lugar. Por los truenos supe que la lluvia arreciaba.
"No sé lo que hago aquí. Mis celos me han llevado muy lejos. Volveré a casa." Me dije, avergonzada. Pero en el momento de disponerme a subir las escalaras, un ruido paralizó mi ser y volví la mirada hacia el lugar de aquel ruido. "Hay alguien aquí." Mascullé. Y me decidí a investigar si él estaba adentro. Caminé despacio, de espalda a la pared, mientras a la vista saltaba un cuadro tenebroso: dos hileras de crematorios cerrados, varias jofainas de porcelana emporcadas de sangre, un lote de escalpelos en igual condición, y luego esa mesa de acero en donde les incisan la piel a los cadáveres, les aserran los huesos y les sacan las vísceras, para luego dejarlos vacíos, y devolver la nitidez al amarillento cutis con química y maquillaje.
Cuando ya estuve lo suficientemente cerca de donde provino el ruido aquel, vi dos cuerpos a contraluz socavándose sobre una mesa, me acerqué más, levanté la cortina con cautela, observé una lamparita de donde emanaba un hilillo de humo de incienso que cargaba todo el lugar de su aroma. Casi tiesa, seguí girando la cabeza y ahí, sobre una cómoda camilla descubrí al muy maldito. Lo escuché gemir de placer, aunque ella no parecía gozar del pecado. Mi mente se ofuscó a tal grado que fui a la mesita sobre las que reposaban los instrumentos de incisión. Tomé una daga y me propuse acabar con ambos. "Maldita perra." Musité, mientras me acercaba a consumar el crimen. Pero casi llegando, tropecé con una marmita de metal y caí sobre los muy malditos. "¡Isabel!" Vociferó él. El espanto que se dio fue tan grande que se desplomó de su nido pecaminoso y cayó sobre un objeto filoso que había cerca y de un tajo se infringió una herida mortal en el cuello. La sangre bullía profusamente y pronto quedó exangüe. Pero la ira me había cegado tanto que lo único que pensé fue en acabar de una vez por todas con la desvergonzada de su amante. La que creí desmayada. "¡Mírame a la cara puta de la mierda!" Vociferé, mientras la tomaba por el pelo, pero ella no se movía. La giré para saber de quién se trataba. "¡Susana!" Exclamé, aterrorizada. Estaba muerta. Mi esposo, señor Juez, me engañó con un cadáver. Tal vez no fue la primera vez que lo hacía. Yo, aunque deseaba darle muerte al muy desgraciado, yo, señor Juez, no lo maté, se lo juro por Dios que yo no lo maté, fue un accidente...



